89 Respondióle Tetis, la diosa de los argentados pies: «¿Por qué aquel gran dios me ordena que vaya? Me da vergüenza juntarme con los inmortales, pues son muchas las penas que conturban mi corazón. Esto no obstante, iré para que sus palabras no resulten vanas y sin efecto.»
93 En diciendo esto, la divina entre las diosas tomó un velo tan obscuro que no había otro que fuese más negro. Púsose en camino, precedida por la veloz Iris, de pies rápidos como el viento, y las olas del mar se abrían al paso de ambas deidades. Salieron éstas á la playa, ascendieron al cielo y hallaron al longividente Saturnio con los demás felices sempiternos dioses. Sentóse Tetis al lado de Júpiter, porque Minerva le cedió el sitio; y Juno le puso en la mano la copa de oro que la ninfa devolvió después de haber bebido. Y el padre de los hombres y de los dioses comenzó á hablar de esta manera:
104 «Vienes al Olimpo, oh diosa Tetis, afligida y con el ánimo agobiado por vehemente pesar. Lo sé. Pero, aun así y todo, voy á decirte por qué te he llamado. Hace nueve días que se suscitó entre los inmortales una contienda referente al cadáver de Héctor y á Aquiles, asolador de ciudades, é instigaban al vigilante Argicida á que hurtase el muerto; pero yo prefiero dar á Aquiles la gloria de devolverlo, y conservar así tu respeto y amistad. Ve en seguida al ejército y amonesta á tu hijo. Dile que los dioses están muy irritados contra él y yo más indignado que ninguno de los inmortales, porque enfureciéndose retiene á Héctor en las corvas naves y no permite que lo rediman; por si, temiéndome, consiente que el cadáver sea rescatado. Y enviaré la diosa Iris al magnánimo Príamo para que vaya á las naves de los aqueos y redima á su hijo, llevando á Aquiles dones que aplaquen su enojo.»
120 Así se expresó; y Tetis, la diosa de los argentados pies, no fué desobediente. Bajando en raudo vuelo de las cumbres del Olimpo, llegó á la tienda de su hijo: éste gemía sin cesar, y sus compañeros se ocupaban diligentemente en preparar la comida, habiendo inmolado una grande y lanuda oveja. La veneranda madre se sentó muy cerca del héroe, le acarició con la mano y hablóle en estos términos:
128 «¡Hijo mío! ¿Hasta cuándo dejarás que el llanto y la tristeza roan tu corazón, sin acordarte ni de la comida ni del concúbito? Bueno es que goces del amor con una mujer, pues ya no vivirás mucho tiempo: la muerte y el hado cruel se te avecinan. Y ahora préstame atención, pues vengo como mensajera de Júpiter. Dice que los dioses están muy irritados contra ti, y él más indignado que ninguno de los inmortales, porque enfureciéndote retienes á Héctor en las corvas naves y no permites que lo rediman. Ea, entrega el cadáver y acepta su rescate.»
138 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: «Sea así. Quien traiga el rescate se lleve el muerto; ya que, con ánimo benévolo, el mismo Olímpico lo ha dispuesto.»
141 De este modo, dentro del recinto de las naves, pasaban de madre á hijo muchas aladas palabras. Y en tanto, el Saturnio envió á Iris á la sagrada Ilión:
144 «¡Anda, ve, rápida Iris! Deja tu asiento del Olimpo, entra en Ilión y di al magnánimo Príamo que se encamine á las naves de los aqueos y rescate al hijo, llevando á Aquiles dones que aplaquen su enojo; vaya solo y ningún troyano se le junte. Acompáñele un heraldo más viejo que él, para que guíe los mulos y el carro de hermosas ruedas y conduzca luego á la población el cadáver de aquel á quien mató el divino Aquiles. Ni la idea de la muerte ni otro temor alguno conturbe su ánimo; pues le daremos por guía al Argicida, el cual le llevará hasta muy cerca de Aquiles. Y cuando haya entrado en la tienda del héroe, éste no le matará, é impedirá que los demás lo hagan. Pues Aquiles no es insensato, ni temerario, ni perverso; y tendrá buen cuidado de respetar á un suplicante.»
159 Tal dijo. Levantóse Iris, de pies rápidos como el huracán, para llevar el mensaje; y llegando al palacio de Príamo, oyó llantos y alaridos. Los hijos, sentados en el patio alrededor del padre, bañaban sus vestidos con lágrimas; y el anciano aparecía en medio, envuelto en un manto muy ceñido, y tenía en la cabeza y en el cuello abundante estiércol que al revolcarse por el suelo había recogido con sus manos. Las hijas y nueras se lamentaban en el palacio, recordando los muchos varones esforzados que yacían en la llanura por haber dejado la vida en manos de los argivos. La mensajera de Júpiter se detuvo cerca de Príamo y hablándole quedo, mientras al anciano un temblor le ocupaba los miembros, así le dijo:
171 «Cobra ánimo, Príamo Dardánida, y no te espantes; que no vengo á presagiarte males, sino á participarte cosas buenas: soy mensajera de Júpiter, que aun estando lejos, se interesa mucho por ti y te compadece. El Olímpico te manda rescatar al divino Héctor, llevando á Aquiles dones que aplaquen su enojo; ve solo y ningún troyano se te junte. Te acompañe un heraldo más viejo que tú, para que guíe los mulos y el carro de hermosas ruedas y conduzca luego á la población el cadáver de aquel á quien mató el divino Aquiles. Ni la idea de la muerte ni otro temor alguno conturbe tu ánimo, pues tendrás por guía al Argicida, el cual te llevará hasta muy cerca de Aquiles. Y cuando hayas entrado en la tienda del héroe, éste no te matará é impedirá que los demás lo hagan. Pues Aquiles no es ni insensato, ni temerario, ni perverso; y tendrá buen cuidado de respetar á un suplicante.»