559 Mirándole con torva faz, le dijo Aquiles, el de los pies ligeros: «¡No me irrites más, oh anciano! Dispuesto estoy á entregarte el cadáver de Héctor, pues para ello Júpiter envióme como mensajera la madre que me parió, la hija del anciano del mar. Comprendo también, y no se me oculta, que un dios te trajo á las veleras naves de los aqueos; porque ningún mortal, aunque estuviese en la flor de la juventud, se atrevería á venir al ejército, ni entraría sin ser visto por los centinelas, ni quitaría con facilidad la barra que asegura la puerta. Abstente, pues, de exacerbar los dolores de mi corazón; no sea que deje de respetarte, oh anciano, á pesar de que te hallas en mi tienda y eres un suplicante, y viole las órdenes de Júpiter.»

571 Tales fueron sus palabras. El anciano sintió temor y obedeció el mandato. El Pelida, saltando como un león, salió de la tienda; y no se fué solo, pues le siguieron el héroe Automedonte y Álcimo, que eran los compañeros á quienes más apreciaba después del difunto Patroclo. En seguida desengancharon los caballos y los mulos, introdujeron al heraldo del anciano, haciéndole sentar en una silla, y quitaron del lustroso carro los cuantiosos presentes destinados al rescate de Héctor. Tan sólo dejaron dos palios y una túnica bien tejida, para envolver el cadáver antes que Príamo se lo llevase al palacio. Aquiles llamó entonces á los esclavos y les mandó que lavaran y ungieran el cuerpo de Héctor, trasladándolo á otra parte para que Príamo no lo advirtiese; no fuera que, afligiéndose al ver á su hijo, no pudiese reprimir la cólera en su pecho é irritase el corazón de Aquiles, y éste le matara, quebrantando las órdenes de Júpiter. Lavado ya y ungido con aceite, las esclavas lo cubrieron con la túnica y el hermoso palio; después el mismo Aquiles lo levantó y colocó en un lecho, y por fin los compañeros lo subieron al lustroso carro. Y el héroe suspiró y dijo, nombrando á su amigo:

592 «No te enojes conmigo, oh Patroclo, si en el Orco te enteras de que he entregado el cadáver del divino Héctor al padre de este héroe; pues me ha traído un rescate digno, y consagraré á tus manes la parte que te es debida.»

596 Habló así el divino Aquiles y volvió á la tienda. Sentóse en la silla labrada que antes ocupara, de espaldas á la pared, frente á Príamo, y hablóle en estos términos:

599 «Tu hijo, oh anciano, rescatado está, como pedías: yace en un lecho, y cuando asome el día podrás verlo y llevártelo. Ahora pensemos en cenar; pues hasta Níobe, la de hermosas trenzas, se acordó de tomar alimento cuando en el palacio murieron sus doce vástagos: seis hijas y seis hijos florecientes. Á éstos Apolo, airado contra Níobe, los mató disparando el arco de plata; á aquéllas dióles muerte Diana, que se complace en tirar flechas, porque la madre osaba compararse con Latona, la de hermosas mejillas, y decía que ésta sólo había dado á luz dos hijos, y ella había parido muchos; y los de la diosa, no siendo más que dos, acabaron con todos los de Níobe. Nueve días permanecieron tendidos en su sangre, y no hubo quien los enterrara porque el Saturnio había convertido á los hombres en piedras; pero al llegar el décimo, los celestiales dioses los sepultaron. Y Níobe, cuando se hubo cansado de llorar, pensó en el alimento. Hállase actualmente en las rocas de los montes yermos de Sípilo, donde, según dicen, están las grutas de las ninfas que bailan junto al Aqueloo; y aunque convertida en piedra, devora aún los dolores que las deidades le causaron. Mas, ea, cuidemos también nosotros de comer, y más tarde, cuando hayas transportado el hijo á Ilión, podrás hacer llanto sobre el mismo. Y será por ti muy llorado.»

621 Dijo el veloz Aquiles, y levantándose, degolló una cándida oveja; sus compañeros la desollaron y prepararon, la descuartizaron con arte; y cogiendo con pinchos los pedazos, los asaron cuidadosamente y los retiraron del fuego. Automedonte repartió pan en hermosas canastillas y Aquiles distribuyó la carne. Ellos alargaron la diestra á los manjares que tenían delante; y cuando hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, Príamo Dardánida admiró la estatura y el aspecto de Aquiles, pues el héroe parecía un dios; y á su vez, Aquiles admiró á Príamo Dardánida, contemplando su noble rostro y escuchando sus palabras. Y cuando se hubieron deleitado, mirándose el uno al otro, el anciano Príamo, semejante á un dios, dijo el primero:

635 «Permite, oh alumno de Júpiter, que me acueste y disfrute del dulce sueño. Mis ojos no se han cerrado desde que mi hijo murió á tus manos; pues continuamente gimo y devoro pesares innúmeros, revolcándome por el estiércol en el recinto del patio. Ahora he probado la comida y rociado con el negro vino la garganta, lo que desde entonces no había hecho.»

643 Dijo. Aquiles mandó á sus compañeros y á las esclavas que pusieran camas debajo del pórtico, las proveyesen de hermosos cobertores de púrpura, extendiesen tapetes encima de ellos y dejasen afelpadas túnicas para abrigarse. Las esclavas salieron de la tienda llevando sendas hachas encendidas; y aderezaron diligentemente dos lechos. Y Aquiles, el de los pies ligeros, dijo en tono burlón á Príamo:

650 «Acuéstate fuera de la tienda, anciano querido; no sea que alguno de los caudillos aqueos venga, como suelen, á consultarme sobre sus proyectos; si alguno de ellos te viera durante la veloz y obscura noche, podría decirlo á Agamenón, pastor de pueblos, y quizás se diferiría la entrega del cadáver. Mas, ea, habla y dime con sinceridad cuántos días quieres para hacer honras al divino Héctor; y durante este tiempo permaneceré quieto y contendré al ejército.»

659 Respondióle el anciano Príamo, semejante á un dios: «Si quieres que yo pueda celebrar los funerales del divino Héctor, obrando como voy á decirte, oh Aquiles, me dejarías complacido. Ya sabes que vivimos encerrados en la ciudad; la leña hay que traerla de lejos, del monte; y los troyanos tienen mucho miedo. Durante nueve días le lloraremos en el palacio, en el décimo le sepultaremos y el pueblo celebrará el banquete fúnebre, en el undécimo erigiremos un túmulo sobre el cadáver y en el duodécimo volveremos á pelear, si necesario fuere.»