156 «No es reprensible que los troyanos y los aqueos, de hermosas grebas, sufran prolijos males por una mujer como ésta, cuyo rostro tanto se parece al de las diosas inmortales. Pero, aun siendo así, váyase en las naves, antes de que llegue á convertirse en una plaga para nosotros y para nuestros hijos.»

161 En tales términos hablaban. Príamo llamó á Helena y le dijo: «Ven acá, hija querida; siéntate á mi lado para que veas á tu anterior marido y á sus parientes y amigos—pues á ti no te considero culpable, sino á los dioses que promovieron contra nosotros la luctuosa guerra de los aqueos—y me digas cómo se llama ese ingente varón, quién es ese aqueo gallardo y alto de cuerpo. Otros hay de mayor estatura, pero jamás vieron mis ojos un hombre tan hermoso y venerable. Parece un rey.»

171 Contestó Helena, divina entre las mujeres: «Me inspiras, suegro amado, respeto y temor. ¡Ojalá la muerte me hubiese sido grata cuando vine con tu hijo, dejando á la vez que el tálamo, á mis hermanos, mi hija querida y mis amables compañeras! Pero no sucedió así, y ahora me consumo llorando. Voy á responder á tu pregunta: Ése es el poderosísimo Agamenón Atrida, buen rey y esforzado combatiente, que fué cuñado de esta desvergonzada, si todo no ha sido un sueño.»

181 Así dijo. El anciano contemplóle con admiración y exclamó: «¡Atrida feliz, nacido con suerte, afortunado! Muchos son los aqueos que te obedecen. En otro tiempo fuí á la Frigia, en viñas abundosa, y vi á muchos de sus naturales—los pueblos de Otreo y de Migdón, igual á un dios—que con los ágiles corceles acampaban á orillas del Sangario. Entre ellos me hallaba á fuer de aliado, el día en que llegaron las varoniles amazonas. Pero no eran tantos como los aqueos de ojos vivos.»

191 Fijando la vista en Ulises, el anciano volvió á preguntar: «Ea, dime también, hija querida, quién es aquél, menor en estatura que Agamenón Atrida, pero más espacioso de espaldas y de pecho. Ha dejado en el fértil suelo las armas y recorre las filas como un carnero. Parece un velloso carnero que atraviesa un gran rebaño de cándidas ovejas.»

199 Respondióle Helena, hija de Júpiter: «Aquél es el hijo de Laertes, el ingenioso Ulises, que se crió en la áspera Ítaca; tan hábil en urdir engaños de toda especie, como en dar prudentes consejos.»

203 El sensato Antenor replicó al momento: «Mujer, mucha verdad es lo que dices. Ulises vino por ti, como embajador, con Menelao, caro á Marte; yo los hospedé y agasajé en mi palacio y pude conocer el carácter y los prudentes consejos de ambos. Entre los troyanos reunidos, de pie, sobresalía Menelao por sus anchas espaldas; sentados, era Ulises más majestuoso. Cuando hilvanaban razones y consejos para todos nosotros, Menelao hablaba de prisa, poco, pero muy claramente: pues no era verboso, ni, con ser el más joven, se apartaba del asunto; el ingenioso Ulises, después de levantarse, permanecía en pie con la vista baja y los ojos clavados en el suelo, no meneaba el cetro que tenía inmóvil en la mano, y parecía un ignorante: lo hubieras tomado por un iracundo ó por un estólido. Mas tan pronto como salían de su pecho las palabras pronunciadas con voz sonora, como caen en invierno los copos de nieve, ningún mortal hubiese disputado con Ulises. Y entonces ya no admirábamos tanto la figura del héroe.»

225 Reparando la tercera vez en Ayax, dijo el anciano: «¿Quién es esotro aqueo gallardo y alto, que descuella entre los argivos por su cabeza y anchas espaldas?»

228 Respondió Helena, la de largo peplo, divina entre las mujeres: «Ése es el ingente Ayax, antemural de los aqueos. Al otro lado está Idomeneo, como un dios, entre los cretenses; rodéanle los capitanes de sus tropas. Muchas veces Menelao, caro á Marte, le hospedó en nuestro palacio cuando venía de Creta. Distingo á los demás aqueos de ojos vivos, y me sería fácil reconocerlos y nombrarlos; mas no veo á dos caudillos de hombres, Cástor, domador de caballos, y Pólux, excelente púgil, hermanos carnales que me dió mi madre. ¿Acaso no han venido de la amena Lacedemonia? ¿Ó llegaron en las naves, que atraviesan el ponto, y no quieren entrar en combate para no hacerse partícipes de mi deshonra y múltiples oprobios?»

243 De este modo habló. Á ellos la fértil tierra los tenía ya en su seno, en Lacedemonia, en su misma patria.