285 «¡Ayaces, príncipes de los argivos de broncíneas lorigas! Á vosotros—inoportuno fuera exhortaros—nada os encargo, porque ya instigáis al ejército á que pelee valerosamente. Ojalá, ¡padre Júpiter, Minerva, Apolo!, hubiese el mismo ánimo en todos los pechos, pues pronto la ciudad del rey Príamo sería tomada y destruída por nuestras manos.»
292 Cuando así hubo hablado, los dejó y fué hacia otros. Halló á Néstor, elocuente orador de los pilios, ordenando á los suyos y animándolos á pelear, junto con el gran Pelagonte, Alástor, Cromio, el poderoso Hemón y Biante, pastor de hombres. Ponía delante, con los respectivos carros y corceles, á los que desde aquéllos combatían; detrás, á gran copia de valientes peones que en la batalla formaban como un muro, y en medio, á los cobardes para que mal de su grado tuviesen que combatir. Y dando instrucciones á los primeros, les encargaba que sujetaran los caballos y no promoviesen confusión entre la muchedumbre:
303 «Que nadie, confiando en su pericia ecuestre ó en su valor, quiera luchar solo y fuera de las filas con los teucros; que asimismo nadie retroceda; pues con mayor facilidad seríais vencidos. El que caiga del carro y suba al de otro, pelee con la lanza, que es lo mejor. Con tal prudencia y ánimo en el pecho, destruyeron los antiguos muchas ciudades y murallas.»
310 De tal suerte el anciano, diestro desde antiguo en la guerra, les arengaba. Al verle, el rey Agamenón se alegró, y le dijo estas aladas palabras:
313 «¡Oh anciano! ¡Así como conservas el ánimo en tu pecho, tuvieras ágiles las rodillas y sin menoscabo las fuerzas! Pero te abruma la vejez, que á nadie respeta. Ojalá que otro cargase con ella y tú fueras contado en el número de los jóvenes.»
317 Respondióle Néstor, caballero gerenio: «¡Atrida! También yo quisiera ser como cuando maté al divino Ereutalión. Pero jamás las deidades lo dieron todo y á un mismo tiempo á los hombres: si entonces era joven, ya para mí llegó la senectud. Esto no obstante, acompañaré á los que combaten en carros para exhortarles con consejos y palabras, que tal es la misión de los ancianos. Las lanzas las blandirán los jóvenes, que son más vigorosos y pueden confiar en sus fuerzas.»
326 Así habló, y el Atrida con el corazón alegre pasó adelante. Halló al excelente jinete Menesteo, hijo de Peteo, de pie entre los atenienses ejercitados en la guerra. Estaba cerca de ellos el ingenioso Ulises, y á poca distancia las huestes de los fuertes cefalenios, los cuales, no habiendo oído el grito de guerra—pues así las falanges de los teucros, domadores de caballos, como las de los aqueos, se ponían entonces en movimiento—aguardaban que otra columna aquiva cerrara con los troyanos y diera principio la batalla. Al verlos, el rey Agamenón los increpó con estas aladas palabras:
338 «¡Hijo del rey Peteo, alumno de Júpiter; y tú, perito en malas artes, astuto! ¿Por qué, medrosos, os abstenéis de pelear y esperáis que otros tomen la ofensiva? Debierais estar entre los delanteros y correr á la ardiente pelea, ya que os invito antes que á nadie cuando los aqueos dan un banquete á sus próceres. Entonces os gusta comer carne asada y beber sin tasa copas de dulce vino, y ahora veríais con placer que diez columnas aqueas lidiaran delante de vosotros con el cruel bronce.»
349 Encarándole la torva vista, exclamó el ingenioso Ulises: «¡Atrida! ¡Qué palabras se escaparon de tus labios! ¿Por qué dices que somos remisos en ir al combate? Cuando los aqueos excitemos al feroz Marte contra el enemigo, verás, si quieres y te importa, cómo el padre amado de Telémaco penetra por las primeras filas de los teucros, domadores de caballos. Vano y sin fundamento es tu lenguaje.»
356 Cuando el rey Agamenón comprendió que el héroe se irritaba, sonrióse, y retractándose dijo: