144 Entonces hizo morir á Astinoo y á Hipirón, pastor de hombres. Al primero le metió la broncínea lanza por el pecho; contra Hipirón desnudó la espada, y de un tajo en la clavícula separóle el hombro del cuello y la espalda. Dejóles y fué al encuentro de Abante y Poliido, hijos de Euridamante, que era de provecta edad é intérprete de sueños: cuando fueron á la guerra, el anciano no les interpretaría los sueños, pues sucumbieron á manos del fuerte Diomedes, que les despojó de las armas. Enderezó luego sus pasos hacia Janto y Toón, hijos de Fénope—éste los había tenido en la triste vejez que le abrumaba y no engendró otro hijo que heredara sus riquezas,—y á entrambos les quitó la dulce vida, causando llanto y pesar al anciano, que no pudo recibirlos de vuelta de la guerra; y más tarde los parientes se repartieron la herencia.
159 En seguida alcanzó Tideo á Equemón y á Cromio, hijos de Príamo Dardánida, que iban en el mismo carro. Cual león que, penetrando en la vacada, despedaza la cerviz de un buey ó de una becerra que pacía en el soto; así el hijo de Tideo los derribó violentamente del carro, les quitó la armadura y entregó los corceles á sus camaradas para que los llevaran á las naves.
166 Eneas advirtió que Diomedes destruía las hileras de los teucros, y fué en busca del divino Pándaro por la liza y entre el estruendo de las lanzas. Halló por fin al fuerte y eximio hijo de Licaón; y deteniéndose á su lado, le dijo:
171 «¡Pándaro! ¿Dónde guardas el arco y las voladoras flechas? ¿Qué es de tu fama? Aquí no tienes rival y en la Licia nadie se gloría de aventajarte. Ea, levanta las manos á Júpiter y dispara una flecha contra ese hombre que triunfa y causa males sin cuento á los troyanos—de muchos valientes ha quebrado ya las rodillas,—si por ventura no es un dios airado con los teucros á causa de los sacrificios, pues la cólera de una deidad es terrible.»
179 Respondióle el preclaro hijo de Licaón: «¡Eneas, consejero de los teucros, de broncíneas lorigas! Parécese completamente al aguerrido hijo de Tideo: reconozco su escudo, su casco de alta cimera y agujeros á guisa de ojos y sus corceles, pero no puedo asegurar si es un dios. Si ese guerrero es en realidad el belicoso hijo de Tideo, no se mueve con tal furia sin que alguno de los inmortales le acompañe, cubierta la espalda con una nube, y desvíe las veloces flechas que hacia él vuelan. Arrojéle una saeta que le hirió en el hombro derecho, penetrando por el hueco de la loriga; creí enviarle á Plutón, y sin embargo de esto no le maté; sin duda es un dios irritado. No tengo aquí bridones ni carros que me lleven, aunque en el palacio de Licaón quedaron once carros hermosos, sólidos, de reciente construcción, cubiertos con fundas y con sus respectivos pares de caballos que comen blanca cebada y avena. Licaón, el guerrero anciano, entre los muchos consejos que me diera cuando partí del magnífico palacio, me recomendó que en el duro combate mandara á los teucros subido en el carro; mas yo no me dejé convencer—mucho mejor hubiera sido seguir su consejo—y rehusé llevarme los corceles por el temor de que, acostumbrados á comer bien, se encontraran sin pastos en una ciudad sitiada. Dejélos, pues, y vine como infante á Ilión, confiando en el arco que para nada me había de servir. Contra dos próceres lo he disparado, el Atrida y el hijo de Tideo; á entrambos les causé heridas, de las que manaba verdadera sangre, y sólo conseguí excitarlos más. Con mala suerte descolgué del clavo el corvo arco el día en que vine con mis teucros á la amena Ilión para complacer al divino Héctor. Si logro regresar y ver con estos ojos mi patria, á mi mujer y mi casa espaciosa y alta, córteme la cabeza un enemigo si no rompo y tiro al relumbrante fuego el arco, ya que su compañía me resulta inútil.»
217 Replicóle Eneas, caudillo de los teucros: «No hables así. Las cosas no cambiarán hasta que, montados nosotros en el carro, acometamos á ese hombre y probemos la suerte de las armas. Sube á mi carro, para que veas cuáles son los corceles de Tros y cómo saben lo mismo perseguir acá y allá de la llanura que huir ligeros; ellos nos llevarán salvos á la ciudad, si Júpiter concede de nuevo la victoria á Diomedes Tidida. Ea, toma el látigo y las lustrosas riendas, y me pondré á tu lado para combatir; ó encárgate tú de pelear, y yo me cuidaré de los caballos.»
229 Contestó el preclaro hijo de Licaón: «¡Eneas! Recoge tú las riendas y guía los corceles, porque tirarán mejor del carro obedeciendo al auriga á que están acostumbrados, si nos pone en fuga el hijo de Tideo. No sea que, no oyendo tu voz, se espanten y desboquen y no quieran sacarnos de la liza, y el hijo del magnánimo Tideo nos embista y mate y se lleve los solípedos caballos. Guía, pues, el carro y los corceles, y yo con la aguda lanza esperaré de aquél la acometida.»
239 Así hablaron; y subidos en el labrado carro, guiaron animosamente los briosos corceles en derechura al hijo de Tideo. Advirtiólo Esténelo, hijo de Capaneo, y dijo á Diomedes estas aladas palabras:
243 «¡Diomedes Tidida, carísimo á mi corazón! Veo que dos robustos varones, cuya fuerza es grandísima, desean combatir contigo: el uno, Pándaro, es hábil arquero y se jacta de ser hijo de Licaón; el otro, Eneas, se gloría de haber sido engendrado por el magnánimo Anquises y tener por madre á Venus. Ea, subamos al carro, retirémonos, y cesa de revolverte furioso entre los combatientes delanteros para que no pierdas la dulce vida.»
251 Mirándole con torva faz, le respondió el fuerte Diomedes: «No me hables de huir, pues no creo que me persuadas. Sería impropio de mí, batirme en retirada ó amedrentarme. Mis fuerzas aún siguen sin menoscabo. Desdeño subir al carro, y tal como estoy iré á encontrarlos, pues Palas Minerva no me deja temblar. Sus ágiles corceles no los llevarán lejos de aquí, si es que alguno de aquéllos puede escapar. Otra cosa voy á decir que tendrás muy presente: Si la sabia Minerva me concede la gloria de matar á entrambos, sujeta estos veloces caballos, amarrando las bridas al barandal, y apodérate de los corceles de Eneas para sacarlos de los teucros y traerlos á los aqueos de hermosas grebas; pues pertenecen á la raza de aquéllos que el longividente Júpiter dió á Tros en pago de su hijo Ganimedes, y son, por tanto, los mejores de cuantos viven debajo del sol y de la aurora. Anquises, rey de hombres, logró adquirir, á hurto, caballos de esta raza ayuntando yeguas con aquéllos sin que Laomedonte lo advirtiera; naciéronle seis en el palacio, crió cuatro en su pesebre y dió esos dos á Eneas, que pone en fuga á sus enemigos. Si los cogiéramos, alcanzaríamos gloria no pequeña.»