472 «¡Héctor! ¿Qué se hizo el valor que antes mostrabas? Dijiste que defenderías la ciudad sin tropas ni aliados, solo, con tus hermanos y tus deudos. De éstos á ninguno veo ni descubrir puedo: temblando están como perros en torno de un león, mientras combatimos los que únicamente somos auxiliares. Yo que figuro como tal, he venido de muy lejos, de la Licia, situada á orillas del voraginoso Janto; allí dejé á mi esposa amada, al tierno infante y riquezas muchas que el menesteroso apetece. Mas, sin embargo de esto y de no tener aquí nada que los aqueos puedan llevarse ó apresar, animo á los licios y deseo luchar con ese guerrero; y tú estás parado y ni siquiera exhortas á los demás hombres á que resistan al enemigo y defiendan á sus esposas. No sea que, como si hubierais caído en una red de lino que todo lo envuelve, lleguéis á ser presa y botín de los enemigos, y éstos destruyan vuestra populosa ciudad. Preciso es que te ocupes en ello día y noche y supliques á los caudillos de los auxiliares venidos de lejas tierras, que resistan firmemente y no se hagan acreedores á graves censuras.»

493 Así habló Sarpedón. Sus palabras royéronle el ánimo á Héctor, que saltó del carro al suelo, sin dejar las armas; y blandiendo un par de afiladas picas, recorrió el ejército, animóle á combatir y promovió una terrible pelea. Los teucros volvieron la cara á los aqueos para embestirlos, y los argivos sostuvieron apiñados la acometida y no se arredraron. Como en el abaleo, cuando la rubia Ceres separa el grano de la paja al soplo del viento, el aire lleva el tamo por las sagradas eras y los montones de paja blanquean; del mismo modo los aqueos se tornaban blanquecinos por el polvo que levantaban hasta el cielo de bronce los corceles de cuantos volvían á encontrarse en la refriega. Los aurigas guiaban los caballos al combate y los guerreros acometían de frente con toda la fuerza de sus brazos. El furibundo Marte cubrió el campo de espesa niebla para socorrer á los teucros y á todas partes iba; cumpliendo así el encargo que le hizo Febo Apolo, el de la áurea espada, de que excitara el ánimo de aquéllos, cuando vió que Minerva, la protectora de los dánaos, se ausentaba.

512 El dios sacó á Eneas del suntuoso templo; é infundiendo valor al pastor de hombres, le dejó entre sus compañeros, que se alegraron de verle vivo, sano y revestido de valor; pero no le preguntaron nada, porque no se lo permitía el combate suscitado por el dios del arco de plata, por Marte, funesto á los mortales, y por la Discordia, cuyo furor es insaciable.

519 Ambos Ayaces, Ulises y Diomedes enardecían á los dánaos en la pelea; y éstos, en vez de atemorizarse ante la fuerza y las voces de los teucros, aguardábanlos tan firmes como las nubes que Júpiter deja inmóviles en las cimas de los montes durante la calma, cuando duermen el Bóreas y demás vientos fuertes que con sonoro soplo disipan los pardos nubarrones; tan firmemente esperaban los dánaos á los teucros, sin pensar en la fuga. El Atrida bullía entre la muchedumbre y á todos exhortaba:

529 «¡Oh amigos! ¡Sed hombres, mostrad que tenéis un corazón esforzado y avergonzaos de parecer cobardes en el duro combate! De los que sienten este temor, son más los que se salvan que los que mueren; los que huyen, ni gloria alcanzan ni entre sí se ayudan.»

533 Dijo, y despidiendo con ligereza el dardo, hirió al caudillo Deicoonte Pergásida, compañero del magnánimo Eneas; á quien veneraban los troyanos como á la prole de Príamo, por su arrojo en pelear en las primeras filas. El rey Agamenón acertó á darle un bote en el escudo, que no logró detener al dardo: éste lo atravesó, y rasgando el cinturón, clavóse en el empeine del guerrero. Deicoonte cayó con estrépito y sus armas resonaron.

541 Eneas mató á dos hijos de Diocles, Cretón y Orsíloco, varones valentísimos cuyo padre vivía en la bien construída Feras, abastado de bienes, y era descendiente del anchuroso Alfeo que riega el país de los pilios. El Alfeo engendró á Orsíloco, que reinó sobre muchos hombres; Orsíloco fué padre del magnánimo Diocles, y de éste nacieron los dos mellizos Cretón y Orsíloco, diestros en toda especie de combates; quienes, apenas llegados á la juventud, fueron en negras naves y junto con los argivos á Troya, para vengar á los Atridas Agamenón y Menelao, y allí la muerte los cubrió con su manto. Como dos leones criados por su madre en la espesa selva de la cumbre de un monte, devastan los establos, robando bueyes y pingües ovejas, hasta que los hombres los matan con el afilado bronce; del mismo modo, aquéllos, que parecían altos abetos, cayeron vencidos por Eneas.

561 Al verlos derribados en el suelo, condolióse Menelao, caro á Marte, y en seguida, revestido de luciente bronce y blandiendo la lanza, se abrió camino por las primeras filas: Marte le excitaba el valor para que sucumbiera á manos de Eneas. Pero Antíloco, hijo del magnánimo Néstor, que lo advirtió, se fué en pos del pastor de hombres temiendo que le ocurriera algo y les frustrara la empresa. Cuando los dos guerreros, deseosos de pelear, calaban las agudas lanzas para acometerse, colocóse Antíloco al lado del pastor de hombres; Eneas, aunque era luchador brioso, no se atrevió á esperarlos; y ellos pudieron llevarse los cadáveres de aquellos infelices, ponerlos en las manos de sus amigos y volver á combatir en el punto más avanzado.

576 Entonces mataron á Pilémenes, igual á Marte, caudillo de los ardidos paflagones que de escudos van armados: el Atrida Menelao, famoso por su pica, envasóle la lanza junto á la clavícula. Antíloco hirió de una pedrada en el codo al valiente escudero Midón Atimníada, cuando éste revolvía los solípedos caballos—las ebúrneas riendas vinieron de sus manos al polvo,—y acometiéndole con la espada, le dió un tajo en las sienes. Midón, anhelante, cayó del carro: hundióse su cabeza con el cuello y parte de los hombros en la arena que allí abundaba, y así permaneció un buen espacio hasta que los corceles, pataleando, lo tiraron al suelo; Antíloco se apoderó del carro, picó á los corceles, y se los llevó al campamento aqueo.

590 Héctor atisbó á los dos guerreros en las filas, arremetió á ellos, gritando, y le siguieron las fuertes falanges troyanas que capitaneaban Marte y la venerable Belona: ésta promovía el horrible tumulto de la pelea; Marte manejaba una lanza enorme, y ya precedía á Héctor, ya marchaba detrás del mismo.