5 «¡Oídme todos, dioses y diosas, para que os manifieste lo que en el pecho mi corazón me dicta! Ninguno de vosotros, sea varón ó hembra, se atreva á transgredir mi mandato; antes bien, asentid todos, á fin de que cuanto antes lleve al cabo lo que me propongo. El dios que intente separarse de los demás y socorrer á los teucros ó á los dánaos, como yo le vea, volverá afrentosamente golpeado al Olimpo; ó cogiéndole, lo arrojaré al tenebroso Tártaro, muy lejos, en lo más profundo del báratro debajo de la tierra—sus puertas son de hierro, y el umbral, de bronce, y su profundidad desde el Orco como del cielo á la tierra—y conocerá en seguida cuánto aventaja mi poder al de las demás deidades. Y si queréis, haced esta prueba, oh dioses, para que os convenzáis. Suspended del cielo áurea cadena, asíos todos, dioses y diosas, de la misma, y no os será posible arrastrar del cielo á la tierra á Júpiter, árbitro supremo, por mucho que os fatiguéis; mas si yo me resolviese á tirar de aquélla, os levantaría con la tierra y el mar, ataría un cabo de la cadena en la cumbre del Olimpo, y todo quedaría en el aire. Tan superior soy á los dioses y á los hombres.»
28 Así habló; y todos callaron, asombrados de sus palabras, pues fué mucha la vehemencia con que se expresara. Al fin, Minerva, la diosa de los brillantes ojos, dijo:
31 «¡Padre nuestro, Saturnio, el más excelso de los soberanos! Bien sabemos que es incontrastable tu poder; pero tenemos lástima de los belicosos dánaos, que morirán, y se cumplirá su aciago destino. Nos abstendremos de intervenir en el combate, si nos lo mandas; pero sugeriremos á los argivos consejos saludables, á fin de que no perezcan todos, víctimas de tu cólera.»
38 Sonriéndose, le contestó Júpiter, que amontona las nubes: «Tranquilízate, Tritogenia, hija querida. No hablo con ánimo benigno, pero contigo quiero ser complaciente.»
41 Esto dicho, unció los corceles de pies de bronce y áureas crines, que volaban ligeros; vistió la dorada túnica, tomó el látigo de oro y fina labor, y subió al carro. Picó á los caballos para que arrancaran; y éstos, gozosos, emprendieron el vuelo entre la tierra y el estrellado cielo. Pronto llegó al Ida, abundante en fuentes y criador de fieras, al Gárgaro, donde tenía un bosque sagrado y un perfumado altar; allí el padre de los hombres y de los dioses detuvo los bridones, los desenganchó del carro y los cubrió de espesa niebla. Sentóse luego en la cima, ufano de su gloria, y se puso á contemplar la ciudad troyana y las naves aqueas.
53 Los aqueos, de larga cabellera, se desayunaron apresuradamente en las tiendas, y en seguida tomaron las armas. También los teucros se armaron dentro de la ciudad; y aunque eran menos, estaban dispuestos á combatir, obligados por la cruel necesidad de proteger á sus hijos y mujeres: abriéronse todas las puertas, salió el ejército de infantes y de los que peleaban en carros, y se produjo un gran tumulto.
60 Cuando los dos ejércitos llegaron á juntarse, chocaron entre sí los escudos, las lanzas y el valor de los guerreros armados de broncíneas corazas, y al aproximarse las abollonadas rodelas se produjo un gran tumulto. Allí se oían simultáneamente los lamentos de los moribundos y los gritos jactanciosos de los matadores, y la tierra manaba sangre.
66 Al amanecer y mientras iba aumentando la luz del sagrado día, los tiros alcanzaban por igual á unos y á otros, y los hombres caían. Cuando el sol hubo recorrido la mitad del cielo, el padre Jove tomó la balanza de oro, puso en ella dos suertes—la de los teucros, domadores de caballos, y la de los aqueos, de broncíneas lorigas—para saber á quiénes estaba reservada la dolorosa muerte; cogió por el medio la balanza, la desplegó y tuvo más peso el día fatal de los aqueos. La suerte de éstos bajó hasta llegar á la fértil tierra, mientras la de los teucros subía al cielo. Júpiter, entonces, truena fuerte desde el Ida y envía una ardiente centella á los aqueos, quienes, al verla, se pasman, sobrecogidos de pálido temor; ya no se atreven á permanecer en el campo ni Idomeneo, ni Agamenón, ni los dos Ayaces, ministros de Marte; y sólo se queda Néstor gerenio, protector de los aqueos, contra su voluntad, por tener malparado uno de los corceles, al cual el divino Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa cabellera, flechara en lo alto de la cabeza, donde las crines empiezan á crecer y las heridas son mortales. El caballo, al sentir el dolor, se encabrita, y la flecha le penetra el cerebro; y revolcándose para sacudir el bronce, espanta á los demás caballos. Mientras el anciano se daba prisa á cortar con la espada las correas del caído corcel, vienen á través de la muchedumbre los veloces caballos de Héctor, tirando del carro en que iba tan audaz guerrero. Y el anciano perdiera allí la vida, si al punto no lo hubiese advertido Diomedes, valiente en la pelea; el cual, vociferando de un modo horrible, dijo á Ulises:
93 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! ¿Adónde huyes, confundido con la turba y volviendo la espalda como un cobarde? Que alguien no te clave la pica en el dorso, mientras pones los pies en polvorosa. Pero aguarda y apartaremos del anciano al feroz guerrero.»
97 Así dijo, y el paciente divino Ulises pasó sin oirle, corriendo hacia las cóncavas naves de los aqueos. El hijo de Tideo, aunque estaba solo, se abrió paso por las primeras filas; y deteniéndose ante el carro del viejo Nelida, pronunció estas aladas palabras: