281 «¡Caro Teucro Telamonio, príncipe de hombres! Sigue tirando flechas, por si acaso llegas á ser la aurora de salvación de los dánaos y honras á tu padre Telamón, que te crió cuando eras niño y te educó en su casa, á pesar de tu condición de bastardo; ya que está lejos de aquí, cúbrele de gloria. Lo que voy á decir, se cumplirá: Si Júpiter, que lleva la égida, y Minerva me permiten destruir la bien edificada ciudad de Ilión, te pondré en la mano, como premio de honor únicamente inferior al mío, ó un trípode, ó dos corceles con su correspondiente carro, ó una mujer que comparta contigo el lecho.»

292 Respondióle el eximio Teucro: «¡Gloriosísimo Atrida! ¿Por qué me instigas cuando ya, solícito, hago lo que puedo? Desde que los rechazamos hacia Ilión mato hombres, valiéndome del arco. Ocho flechas de larga punta tiré, y todas se clavaron en el cuerpo de jóvenes llenos de marcial furor; pero no consigo herir á ese perro rabioso.»

300 Dijo; y apercibiendo el arco, envió otra flecha á Héctor con intención de herirle. Tampoco acertó; pero la saeta clavóse en el pecho del eximio Gorgitión, valeroso hijo de Príamo y de la bella Castianira, oriunda de Esima, cuyo cuerpo al de una diosa semejaba. Como en un jardín inclina la amapola su tallo, combándose al peso del fruto ó de los aguaceros primaverales; de semejante modo inclinó el guerrero la cabeza que el casco hacía ponderosa.

309 Teucro armó nuevamente el arco, envió otra saeta á Héctor, con ánimo de herirle, y también erró el tiro, por haberlo desviado Apolo; pero hirió en el pecho cerca de la tetilla á Arqueptólemo, osado auriga de Héctor, cuando se lanzaba á la pelea. Arqueptólemo cayó del carro, cejaron los corceles de pies ligeros, y allí terminaron la vida y el valor del guerrero. Hondo pesar sintió el espíritu de Héctor por tal muerte; pero, aunque condolido del compañero, dejóle y mandó á su propio hermano Cebrión, que se hallaba cerca, que tomara las riendas de los caballos. Oyóle Cebrión y no desobedeció. Héctor saltó del refulgente carro al suelo, y vociferando de un modo espantoso, cogió una piedra y encaminóse hacia Teucro con el propósito de herirle. Teucro, á su vez, sacó del carcaj una acerba flecha, y ya estiraba la cuerda del arco, cuando Héctor, de tremolante casco, acertó á darle con la áspera piedra cerca del hombro, donde la clavícula separa el cuello del pecho y las heridas son mortales, y le rompió el nervio: entorpecióse el brazo, Teucro cayó de hinojos y el arco se le fué de las manos. Ayax no abandonó al hermano caído en el suelo, sino que corriendo á defenderle, le resguardó con el escudo. Acudieron dos compañeros, Mecisteo, hijo de Equio, y el divino Alástor; y cogiendo á Teucro, que daba grandes suspiros, lo llevaron á las cóncavas naves.

335 El Olímpico volvió á excitar el valor de los teucros, los cuales hicieron arredrar á los aqueos en derechura al profundo foso. Héctor iba con los delanteros, haciendo gala de su fuerza. Como el perro que acosa con ágiles pies á un jabalí ó á un león, le muerde, ya los muslos, ya las nalgas, y observa si vuelve la cara; de igual modo perseguía Héctor á los aqueos de larga cabellera, matando al que se rezagaba, y ellos huían espantados. Cuando atravesaron la empalizada y el foso, muchos sucumbieron á manos de los teucros; los demás no pararon hasta las naves, y allí se animaban los unos á los otros, y con los brazos levantados oraban á todas las deidades. Héctor hacía girar por todas partes los corceles de hermosas crines; y sus ojos parecían los de la Gorgona ó los de Marte, peste de los hombres.

350 Juno, la diosa de los níveos brazos, al ver á los aqueos compadeciólos, y dirigió á Minerva estas aladas palabras:

352 «¡Oh dioses! ¡Hija de Júpiter, que lleva la égida! ¿No nos cuidaremos de socorrer, aunque tarde, á los dánaos moribundos? Perecerán, cumpliéndose su aciago destino, por el arrojo de un solo hombre, de Héctor Priámida, que se enfurece de intolerable modo y ha causado ya gran estrago.»

357 Respondióle Minerva, la diosa de los brillantes ojos: «Tiempo ha que ése hubiera perdido fuerza y vida, muerto en su misma patria por los aqueos; pero mi padre revuelve en su mente funestos propósitos, ¡cruel, siempre injusto, desbaratador de mis planes!, y no recuerda cuántas veces salvé á su hijo abrumado por los trabajos que Euristeo le impusiera. Hércules clamaba al cielo, llorando, y Júpiter me enviaba á socorrerle. Si mi sabia mente hubiese presentido lo de ahora, no hubiera escapado el hijo de Júpiter de las hondas corrientes de la Estigia, cuando aquél le mandó que fuera al Orco, de sólidas puertas, y sacara del Érebo el horrendo can de Plutón. Al presente Jove me aborrece y cumple los deseos de Tetis, que besó sus rodillas y le tocó la barba, suplicándole que honrase á Aquiles, asolador de ciudades. Día vendrá en que me llame nuevamente su amada hija, la de los brillantes ojos. Pero unce los solípedos corceles, mientras yo, entrando en el palacio de Júpiter, me armo para la guerra; quiero ver si el hijo de Príamo, Héctor, de tremolante casco, se alegrará cuando aparezcamos en el campo de la batalla. Alguno de los teucros, cayendo junto á las naves aqueas, saciará con su grasa y con su carne á los perros y á las aves.»

381 Dijo; y Juno, la diosa de los níveos brazos, no fué desobediente. La venerable diosa Juno, hija del gran Saturno, aprestó solícita los caballos de áureos jaeces. Y Minerva, hija de Júpiter, que lleva la égida, dejó caer al suelo el hermoso peplo bordado que ella misma tejiera y labrara con sus manos; vistió la loriga de Jove, que amontona las nubes, y se armó para la luctuosa guerra. Y subiendo al flamante carro, asió la lanza ponderosa, larga, fornida, con que la hija del prepotente padre destruye filas enteras de héroes cuando contra ellos monta en cólera. Juno picó con el látigo á los bridones, y abriéronse de propio impulso, rechinando, las puertas del cielo de que cuidan las Horas—á ellas está confiado el espacioso cielo y el Olimpo—para remover ó colocar delante la densa nube. Por allí, á través de las puertas, dirigieron aquellas deidades los corceles, dóciles al látigo.

397 El padre Júpiter, apenas las vió desde el Ida, se encendió en cólera; y al punto llamó á Iris, la de doradas alas, para que le sirviese de mensajera: