447 «¿Por qué os halláis tan abatidas, Minerva y Juno? No os habréis fatigado mucho en la batalla, donde los varones adquieren gloria, matando teucros, contra quienes sentís vehemente rencor. Son tales mi fuerza y mis manos invictas, que no me harían cambiar de resolución cuantos dioses hay en el Olimpo. Pero os temblaron los hermosos miembros antes que llegarais á ver el combate y sus terribles hechos. Diré lo que en otro caso hubiera ocurrido: Heridas por el rayo, no hubieseis vuelto en vuestro carro al Olimpo, donde se halla la mansión de los inmortales.»
457 Así habló. Minerva y Juno, que tenían los asientos contiguos y pensaban en causar daño á los teucros, mordiéronse los labios. Minerva, aunque airada contra su padre y poseída de feroz cólera, guardó silencio y nada dijo; pero á Juno la ira no le cupo en el pecho, y exclamó:
462 «¡Crudelísimo Saturnio! ¡Qué palabras proferiste! Bien sabemos que es incontrastable tu poder; pero tenemos lástima de los belicosos dánaos, que morirán, y se cumplirá su aciago destino. Nos abstendremos de intervenir en la lucha, si nos lo mandas, pero sugeriremos á los argivos consejos saludables para que no perezcan todos víctimas de tu cólera.»
469 Respondióle Júpiter, que amontona las nubes: «En la próxima mañana verás si quieres, Juno veneranda, la de los grandes ojos, cómo el prepotente Saturnio hace gran riza en el ejército de los belicosos argivos. Y el impetuoso Héctor no dejará de pelear, hasta que junto á las naves se levante el Pelida, el de los pies ligeros, el día aquel en que combatirán cerca de los bajeles y en estrecho espacio por el cadáver de Patroclo. Así decretólo el hado, y no me importa que te irrites. Aunque te vayas á los confines de la tierra y del mar, donde moran Japeto y Saturno, que no disfrutan de los rayos del sol excelso ni de los vientos, y se hallan rodeados por el profundo Tártaro; aunque, errante, llegues hasta allí, no me preocupará verte enojada, porque no hay quien sea más desvergonzado que tú.»
484 Así dijo; y Juno, la de los níveos brazos, nada respondió. La brillante luz del sol se hundió en el Océano, trayendo sobre la alma tierra la noche obscura. Contrarió á los teucros la desaparición de la luz; mas para los aqueos llegó grata, muy deseada, la tenebrosa noche.
489 El esclarecido Héctor reunió á los teucros en la ribera del voraginoso Janto, lejos de las naves, en un lugar limpio donde el suelo no aparecía cubierto de cadáveres. Aquéllos descendieron de los carros y escucharon á Héctor, caro á Júpiter, que arrimado á su lanza de once codos, cuya reluciente broncínea punta estaba sujeta por áureo anillo, así les arengaba:
497 «¡Oídme, troyanos, dárdanos y aliados! En el día de hoy esperaba volver á la ventosa Ilión después de destruir las naves y acabar con todos los aqueos; pero nos quedamos á obscuras, y esto ha salvado á los argivos y á los buques que tienen en la playa. Obedezcamos ahora á la noche sombría y ocupémonos en preparar la cena; desuncid de los carros á los corceles de hermosas crines y echadles el pasto; traed de la ciudad bueyes y pingües ovejas, y de vuestras casas pan y vino, que alegra el corazón; amontonad abundante leña y encendamos muchas hogueras que ardan hasta que despunte la aurora, hija de la mañana, y cuyo resplandor llegue al cielo: no sea que los aqueos, de larga cabellera, intenten huir esta noche por el ancho dorso del mar. Que no se embarquen tranquilos y sin ser molestados; que alguno tenga que curarse en su casa una lanzada ó un flechazo recibido al subir á la nave, para que tema quien ose mover la luctuosa guerra á los teucros, domadores de caballos. Los heraldos, caros á Júpiter, vayan á la población y pregonen que los adolescentes y los ancianos de canosas sienes se reunan en las torres que fueron construídas por las deidades y circundan la ciudad; que las tímidas mujeres enciendan grandes fogatas en sus respectivas casas, y que la guardia sea continua para que los enemigos no entren insidiosamente en la ciudad mientras los hombres estén fuera. Hágase como os lo encargo, magnánimos teucros. Dichas quedan las palabras que al presente convienen; mañana os arengaré de nuevo, troyanos domadores de caballos; y espero que, con la protección de Júpiter y de las otras deidades, echaré de aquí á esos perros rabiosos, traídos por el hado en los negros bajeles. Durante la noche hagamos guardia nosotros mismos; y mañana, al comenzar del día, tomaremos las armas para trabar vivo combate junto á las cóncavas naves. Veré si el fuerte Diomedes Tidida me hace retroceder de los bajeles al muro, ó si le mato con el bronce y me llevo sus cruentos despojos. Mañana probará su valor, si me aguarda cuando le acometa con la lanza; mas confío en que, así que salga el sol, caerá herido entre los combatientes delanteros y con él muchos de sus camaradas. Así fuera yo inmortal, no tuviera que envejecer y gozara de los mismos honores que Minerva ó Apolo, como este día será funesto para los aquivos.»
542 De este modo arengó Héctor, y los teucros le aclamaron. Desuncieron de los carros los sudosos corceles y atáronlos con correas; sacaron de la ciudad bueyes y pingües ovejas, y de las casas pan y vino, que alegra el corazón, y amontonaron abundante leña. Después ofrecieron hecatombes perfectas á los inmortales, y los vientos llevaban de la llanura al cielo el suave olor de la grasa quemada; pero los bienaventurados dioses no quisieron aceptar la ofrenda, porque se les había hecho odiosa la sagrada Ilión y Príamo y su pueblo armado con lanzas de fresno.
553 Así, tan alentados, permanecieron toda la noche en el campo, donde ardían numerosos fuegos. Como en noche de calma aparecen las radiantes estrellas en torno de la fulgente luna, y se descubren los promontorios, cimas y valles, porque en el cielo se ha abierto la vasta región etérea, vense todos los astros, y al pastor se le alegra el corazón: en tan gran número eran las hogueras que, encendidas por los teucros, quemaban ante Ilión entre las naves y la corriente del Janto. Mil fuegos ardían en la llanura, y en cada uno se agrupaban cincuenta hombres á la luz de la ardiente llama. Y los caballos, comiendo cerca de los carros avena y blanca cebada, esperaban la llegada de la Aurora, la de hermoso trono.