64 Contestó el rey de hombres Agamenón: «Quédate allí; no sea que luego no podamos encontrarnos, porque son muchas las sendas que hay á través del ejército. Levanta la voz por donde pasares y recomienda la vigilancia, llamando á cada uno por su nombre paterno y ensalzándolos á todos. No te muestres soberbio. Trabajemos también nosotros, ya que cuando nacimos Júpiter nos condenó á padecer tamaños infortunios.»

72 Esto dicho, despidió al hermano bien instruído ya, y fué en busca de Néstor, pastor de hombres. Hallóle en su pabellón, junto á la negra nave, acostado en blanda cama. Á un lado veíanse diferentes armas—el escudo, dos lanzas, el luciente yelmo,—y el labrado bálteo con que se ceñía el anciano siempre que, como caudillo de su gente, se armaba para ir al homicida combate; pues aún no se rendía á la triste vejez. Incorporóse Néstor, apoyándose en el codo, alzó la cabeza, y dirigiéndose al Atrida le interrogó con estas palabras:

82 «¿Quién eres tú que vas solo por el ejército y los navíos, durante la tenebrosa noche, cuando duermen los demás mortales? ¿Buscas acaso á algún centinela ó compañero? Habla. No te acerques sin responder. ¿Qué deseas?»

86 Respondióle el rey de hombres Agamenón: «¡Néstor Nelida, gloria insigne de los aqueos! Reconoce al Atrida Agamenón, á quien Jove envía y seguirá enviando sin cesar más trabajos que á nadie, mientras la respiración no le falte á mi pecho y mis rodillas se muevan. Vagando voy; pues, preocupado por la guerra y las calamidades que padecen los aqueos, no consigo que el dulce sueño me cierre los ojos. Mucho temo por los dánaos; mi ánimo no está tranquilo, sino sumamente inquieto; el corazón se me arranca del pecho y tiemblan mis robustos miembros. Pero si quieres ocuparte en algo, ya que tampoco conciliaste el sueño, bajemos á ver los centinelas; no sea que, vencidos del trabajo y del sueño, se hayan dormido, dejando la guardia abandonada. Los enemigos se hallan cerca, y no sabemos si habrán decidido acometernos esta noche.»

102 Contestó Néstor, caballero gerenio: «¡Glorioso Atrida, rey de hombres Agamenón! Á Héctor no le cumplirá el próvido Júpiter todos sus deseos, como él espera; y creo que mayores trabajos habrá de padecer aún si Aquiles depone de su corazón el enojo funesto. Iré contigo y despertaremos á los demás: al Tidida, famoso por su lanza, á Ulises, al veloz Ayax de Oileo y al esforzado hijo de Fileo. Alguien podría ir á llamar al deiforme Ayax Telamonio y al rey Idomeneo, pues sus naves no están cerca, sino muy lejos. Y reprenderé á Menelao por amigo y respetable que sea y aunque tú te enfades, y no callaré que duerme y te ha dejado á ti el trabajo. Debía ocuparse en suplicar á los príncipes todos, pues el peligro que corremos es terrible.»

119 Dijo el rey de hombres Agamenón: «¡Anciano! Otras veces te exhorté á que le riñeras, pues á menudo es indolente y no quiere trabajar; no por pereza ó escasez de talento, sino porque volviendo los ojos hacia mí, aguarda mi impulso. Mas hoy se levantó mucho antes que yo mismo, presentóseme y le envié á llamar á aquéllos de que acabas de hablar. Vayamos y los hallaremos delante de las puertas, con la guardia; pues allí es donde les dije que se reunieran.»

128 Respondió Néstor, caballero gerenio: «De esta manera, ninguno de los argivos se irritará contra él, ni le desobedecerá, cuando los exhorte ó les ordene algo.»

131 Apenas hubo dicho estas palabras, abrigó el pecho con la túnica, calzó los blancos pies con hermosas sandalias, y abrochóse un manto purpúreo, doble, amplio, adornado con lanosa felpa. Asió la fuerte lanza, cuya aguzada punta era de bronce, y se encaminó á las naves de los aqueos, de broncíneas lorigas. El primero á quien despertó Néstor, caballero gerenio, fué Ulises que en prudencia igualaba á Júpiter. Llamóle gritando, su voz llegó á oídos del héroe, y éste salió de la tienda y dijo:

141 «¿Por qué andáis vagando así, por las naves y el ejército, solos, durante la noche inmortal? ¿Qué urgente necesidad se ha presentado?»

143 Respondió Néstor, caballero gerenio: «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! No te enojes, porque es muy grande el pesar que abruma á los aquivos. Síguenos y llamaremos á quien convenga, para tomar acuerdo sobre si es preciso fugarnos ó combatir todavía.»