(Canto X, verso 462.)

426 Contestó Dolón, hijo de Eumedes: «De todo voy á informarte con exactitud. Hacia el mar están los carios, los peonios, armados de corvos arcos, y los léleges, caucones y divinos pelasgos. El lado de Timbra lo obtuvieron por suerte los licios, los arrogantes misios, los frigios, domadores de caballos, y los meonios, que combaten en carros. Mas ¿por qué me hacéis estas preguntas? Si deseáis entraros por el ejército teucro, los tracios recién venidos están ahí, en ese extremo, con su rey Reso, hijo de Eyoneo. He visto sus corceles que son bellísimos, de gran altura, más blancos que la nieve y tan ligeros como el viento. Su carro tiene lindos adornos de oro y plata, y sus armas son de oro, magníficas, admirables, y más propias de los inmortales dioses que de hombres mortales. Pero llevadme ya á las naves de ligero andar, ó dejadme aquí, atado con recios lazos, para que vayáis y comprobéis si os hablé como debía.»

446 Mirándole con torva faz, le replicó el fuerte Diomedes: «No esperes escapar de ésta, oh Dolón, aunque tus noticias son importantes, pues has caído en nuestras manos. Si te dejásemos libre ó consintiéramos en el rescate, vendrías de nuevo á las veleras naves á espiar ó á combatir contra nosotros; y si por mi mano pierdes la vida, no causarás más daño á los argivos.»

454 Dijo; y Dolón iba como suplicante, á tocarle la barba con su robusta mano, cuando Diomedes, de un tajo en el cuello, le rompió ambos tendones; y la cabeza cayó en el polvo, mientras el troyano hablaba todavía. Quitáronle el morrión de piel de comadreja, la piel de lobo, el flexible arco y la ingente lanza; y el divino Ulises, cogiéndolo todo con la mano, levantólo para ofrecerlo á Minerva, que preside á los saqueos, y oró diciendo:

462 «Huélgate de esta ofrenda, ¡oh diosa! Serás tú la primera á quien invocaremos entre las deidades del Olimpo. Y ahora guíanos hacia los corceles y las tiendas de los tracios.»

465 Dichas estas palabras, apartó de sí los despojos y los colgó de un tamarisco, cubriéndolos con cañas y frondosas ramas del árbol, que fueran una señal visible para que no les pasaran inadvertidos, al regresar durante la rápida y obscura noche. Luego, pasaron adelante por encima de las armas y de la negra sangre, y llegaron al escuadrón de los tracios que, rendidos de fatiga, dormían dispuestos en tres filas, con las armas en el suelo y un par de caballos junto á cada guerrero. Reso descansaba en el centro, y tenía los ligeros corceles atados con correas á un extremo del carro. Ulises vióle el primero y lo mostró á Diomedes:

477 «Ése es el hombre, Diomedes, y esos los corceles de que nos habló Dolón, á quien matamos. Ea, muestra tu impetuoso valor y no tengas ociosas las armas. Desata los caballos, ó bien mata hombres y yo me encargaré de aquéllos.»

482 Tal dijo, y Minerva, la de los brillantes ojos, infundió valor á Diomedes que comenzó á matar á diestro y á siniestro: sucedíanse los horribles gemidos de los que daban la vida á los golpes de la espada, y su sangre enrojecía la tierra. Como un mal intencionado león acomete al rebaño de cabras ó de ovejas, cuyo pastor está ausente; así el hijo de Tideo se abalanzaba á los tracios, hasta que mató á doce. Á cuantos aquél hería con la espada, Ulises, asiéndolos por el pie, los apartaba del camino, para que luego los corceles de hermosas crines pudieran pasar fácilmente y no se asustasen de pisar cadáveres, á lo cual no estaban acostumbrados. Llegó el hijo de Tideo adonde yacía el rey, y fué éste el décimotercio á quien privó de la dulce vida, mientras daba un suspiro; pues en aquella noche el hijo de Eneo aparecíase en desagradable ensueño á Reso, por orden de Minerva. Durante este tiempo, el paciente Ulises desató los solípedos caballos, los ligó á entrambos con las riendas y los sacó del ejército aguijándolos con el arco, porque se le olvidó tomar el magnífico látigo que había en el labrado carro. Y en seguida silbó, haciendo seña al divino Diomedes.

503 Mas éste, quedándose aún, pensaba qué podría hacer que fuese muy arriesgado: si se llevaría el carro con las labradas armas, ya tirando del timón, ya levantándolo en alto; ó quitaría la vida á más tracios. En tanto que revolvía tales pensamientos en su espíritu, presentóse Minerva y habló así al divino Diomedes:

509 «Piensa ya en volver á las cóncavas naves, hijo del magnánimo Tideo. No sea que hayas de llegar huyendo, si algún otro dios despierta á los teucros.»