399 Respondióle Eurímaco, hijo de Pólibo: «¡Telémaco! Está puesto en mano de los dioses cuál de los aqueos ha de ser el rey de Ítaca, rodeada por el mar; pero tú sigue disfrutando de tus bienes, manda en tu palacio, y jamás, mientras Ítaca sea habitada, venga hombre alguno á despojarte de los mismos contra tu querer. Y ahora, óptimo Telémaco, deseo preguntarte por el huésped. ¿De dónde vino tal sujeto? ¿De qué tierra se gloría de ser? ¿En qué país se hallan su familia y su patria? ¿Te ha traído noticias de la vuelta de tu padre ó ha llegado con el único propósito de cobrar alguna deuda? ¿Cómo se levantó y se fué tan rápidamente, sin aguardar á que le conociéramos? Dado su aspecto no debe de ser un miserable.»
412 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Eurímaco! Ya se acabó la esperanza del regreso de mi padre; y no doy fe á las noticias, vengan de donde vinieren, ni me curo de las predicciones que haga un adivino á quien mi madre llame é interrogue en el palacio. Este huésped mío lo era ya de mi padre y viene de Tafos: se precia de ser Mentes, hijo del belicoso Anquíalo y reina sobre los tafios, amantes de manejar los remos.»
Volvieron á solazarse los pretendientes con la danza y el canto
(Canto 1, versos 421 y 422.)
420 Así habló Telémaco, aunque en su mente había reconocido á la diosa inmortal. Volvieron los pretendientes á solazarse con la danza y el deleitoso canto, y así esperaban que llegase la obscura noche. Sobrevino ésta cuando aún se divertían, y entonces partieron y se acostaron en sus casas. Telémaco subió al elevado aposento que para él se había construído dentro del hermoso patio, en un lugar visible por todas partes; y se fué derecho á la cama, meditando en su espíritu muchas cosas. Acompañábale, con teas encendidas en la mano, Euriclea, hija de Ops Pisenórida, la de castos pensamientos; á la cual comprara Laertes en otra época, apenas llegada á la pubertad, por el precio de veinte bueyes; y en el palacio la honró como á una casta esposa, pero jamás se acostó con ella á fin de que su mujer no se irritase. Aquélla, pues, alumbraba á Telémaco con teas encendidas, por ser la esclava que más le amaba y la que le había criado desde niño; y, en llegando, abrió la puerta de la habitación sólidamente construída. Telémaco se sentó en la cama, desnudóse la delicada túnica y diósela en las manos á la prudente anciana; la cual, después de componer los pliegues, la colgó de un clavo que había junto al torneado lecho, y de seguida salió de la estancia, entornó la puerta, tirando del anillo de plata, y echó el cerrojo por medio de una correa. Y Telémaco, bien cubierto de un vellón de oveja, pensó toda la noche en el viaje que Minerva le había aconsejado.
Los pretendientes sorprenden á Penélope cuando está destejiendo la finísima tela