413 Por esto fué Ulises: para que aquél le entregara los espléndidos dones. Autólico y sus hijos recibiéronlo afectuosamente, con apretones de mano y dulces palabras; y Anfitea, su abuela materna, lo abrazó y le besó la cabeza y los lindos ojos. Autólico mandó seguidamente á sus gloriosos hijos que aparejasen la comida; y, habiendo ellos atendido la exhortación, trajeron un buey de cinco años. Al instante lo desollaron y prepararon, lo partieron todo, lo dividieron con suma habilidad en pedazos pequeños que espetaron en los asadores y asaron cuidadosamente, y acto continuo distribuyeron las raciones. Todo el día, hasta la puesta del sol, celebraron el festín; y nadie careció de su respectiva porción. Y tan pronto como el sol se puso y sobrevino la noche, acostáronse y el don del sueño recibieron.
428 Así que se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, los hijos de Autólico y el divinal Ulises se fueron á cazar llevándose los canes. Encamináronse al alto monte Parnaso, cubierto de bosque, y pronto llegaron á sus ventosos collados. Ya el sol hería con sus rayos los campos, saliendo de la plácida y profunda corriente del Océano, cuando los cazadores penetraron en un valle: iban al frente los perros, que rastreaban la caza; detrás, los hijos de Autólico, y con éstos, pero á poca distancia de los canes, el divinal Ulises, blandiendo ingente lanza. En aquel sitio estaba echado un enorme jabalí, en medio de una espesura tan densa que ni el húmedo soplo de los vientos pasaba á su través, ni la herían los rayos del resplandeciente sol, ni la lluvia la penetraba del todo, ¡así era de densa!, habiendo en la misma gran copia de hojas secas amontonadas. El ruido de los pasos de los hombres y de los canes, que se acercaban cazando, llegó hasta el jabalí; y éste dejó el soto, fué á encontrarles con las crines del cuello erizadas y los ojos echando fuego, y se detuvo muy cerca de los mismos. Ulises, que fué el primero en acometerle, levantó con su mano robusta la luenga lanza, deseando herirle; pero adelantósele el jabalí, le dió un golpe sobre la rodilla, y, como arremetiera oblicuamente, desgarró con su diente mucha carne sin llegar al hueso. Entonces Ulises le acertó en la espalda derecha, se la atravesó con la punta de la luciente lanza, y el animal quedó tendido en el polvo y perdió la vida. Los caros hijos de Autólico reuniéronse en torno del eximio Ulises, igual á un dios, para socorrerle: vendáronle hábilmente la herida, restañaron la negruzca sangre con un ensalmo, y volvieron todos á la casa paterna. Autólico y sus hijos, después de curarle bien, le hicieron espléndidos regalos; y pronto, con mutuo regocijo, lo enviaron á Ítaca. El padre y la veneranda madre de Ulises holgáronse de su vuelta y le preguntaron muchas cosas y qué le había ocurrido que llevaba aquella cicatriz; y él refirióles por menor cómo, habiendo ido al Parnaso á cazar con los hijos de Autólico, hirióle un jabalí con su albo diente.
467 Al tocar la vieja con la palma de la mano esta cicatriz, reconocióla y soltó el pie de Ulises: dió la pierna contra el caldero, resonó el bronce, inclinóse la vasija hacia atrás, y el agua se derramó en tierra. El gozo y el dolor invadieron simultáneamente el corazón de Euriclea, se le arrasaron los ojos de lágrimas y la voz sonora se le cortó. Mas luego tomó á Ulises de la barba y hablóle así:
474 «Tú eres ciertamente Ulises, hijo querido; y yo no te conocí, hasta que pude tocar todo mi señor con estas manos.»
476 Dijo; y volvió los ojos hacia Penélope, queriendo indicarle que tenía dentro de la casa á su marido. Mas ella no pudo notarlo ni advertirlo desde la parte opuesta, porque Minerva le distrajo el pensamiento. Ulises, tomando del pescuezo á la anciana con la mano derecha, con la otra la atrajo á sí y le dijo:
482 «¡Ama! ¿Por qué quieres perderme? Sí, tú me criaste á tus pechos, y ahora, después de pasar muchas fatigas, he llegado en el vigésimo año á la patria tierra. Mas, ya que lo entendiste y un dios lo sugirió á tu mente, calla y nadie lo sepa en el palacio. Lo que voy á decir llevárase á efecto. Si un dios hiciere sucumbir á mis manos los ilustres pretendientes, no te perdonaría á ti, á pesar de que fuiste mi ama, cuando matare á las demás esclavas en el palacio.»
491 Contestóle la prudente Euriclea: «¡Hijo mío! ¡Qué palabras se te escaparon del cerco de los dientes! Bien sabes que mi ánimo es firme é indomable, y guardaré el secreto como una sólida piedra ó como el hierro. Otra cosa quiero manifestarte que pondrás en tu corazón: Si un dios hace sucumbir á tus manos los ilustres pretendientes, te diré cuáles mujeres no te honran en el palacio y cuáles están sin culpa.»
499 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Ama! ¿Á qué nombrarlas? Ninguna necesidad tienes de hacerlo. Yo mismo las observaré para conocerlas una por una. Guarda silencio y confía en los dioses.»
503 Así dijo; y la vieja se fué por el palacio á buscar agua para lavarle los pies, porque la primera se había derramado toda. Después que lo hubo lavado y ungido con pingüe aceite, Ulises acercó nuevamente la silla al fuego, para calentarse, y cubrióse la cicatriz con los harapos. Entonces rompió el silencio la discreta Penélope, hablando de este modo:
509 «¡Huésped! Aún te haré algunas preguntas, muy pocas; que presto será hora de dormir plácidamente, para quien logre conciliar el dulce sueño aunque esté afligido. Á mí me ha dado algún dios un pesar inmenso, pues durante el día me complazco en llorar, gemir y ver mis labores y las de las siervas de la casa; pero, así que viene la noche y todos se acuestan, yago en mi lecho y fuertes y punzantes inquietudes me asedian el oprimido corazón y me excitan los sollozos. De la suerte que Aedón, la hija de Pandáreo, canta hermosamente en la verde espesura, al comenzar la primavera; y, posada en el tupido follaje de los árboles, deja oir su voz de variados sones que muda á cada momento, llorando á Ítilo, el vástago que tuvo del rey Zeto y mató con el bronce por imprudencia: de semejante manera está mi ánimo, vacilando entre dos partidos, pues no sé si seguir viviendo con mi hijo y guardar y mantener en pie todas las cosas—mis posesiones, mis esclavas y esta casa grande y de elevada techumbre—por respeto al tálamo conyugal y temor del dicho de la gente; ó irme ya con quien sea el mejor de los aqueos que me pretenden en el palacio y me haga muchísimas donaciones nupciales. Mi hijo, mientras fué insipiente muchacho, no quiso que me casara y me fuera de esta mansión de mi esposo; mas ahora, que ya es grande por haber llegado á la flor de la juventud, desea que desampare el palacio, viendo con indignación que sus bienes son devorados por los aquivos. Pero, ea, oye y declárame este sueño. Hay en la casa veinte gansos que comen trigo remojado en agua y yo me huelgo de contemplarlos; mas, he aquí que bajó del monte un águila grande, de corvo pico, y, rompiéndoles el cuello, los mató á todos; quedaron éstos tendidos en montón y subióse aquélla al divino éter. Yo, aunque entre sueños, lloré y di gritos; y las aquivas, de hermosas trenzas, fueron juntándose á mi alrededor, mientras me lamentaba tanto de que el águila hubiese matado mis gansos, que movía á compasión. Entonces el águila tornó á venir, se posó en el borde de la techumbre, y me calmó diciendo con voz humana: