197 Dijo; y, parándose junto á Ulises, le saludó con la diestra y le habló con estas aladas palabras:
199 «¡Salve, padre huésped! Sé dichoso en lo sucesivo, ya que ahora te abruman tantos males. ¡Oh, padre Júpiter!: no hay dios más funesto que tú; pues, sin compadecerte de los hombres, á pesar de haberlos criado, los entregas al infortunio y á los tristes dolores. Desde que te vi, empecé á sudar y se me arrasaron los ojos de lágrimas, acordándome de Ulises; porque me figuro que aquél vaga entre los hombres, cubierto con unos harapos semejantes, si aún vive y goza de la lumbre del sol. Y si ha muerto y está en la morada de Plutón, ¡ay de mí! á quien, desde niño, puso el eximio Ulises al frente de sus vacadas en el país de los cefalenos. Hoy las vacas son innumerables y á ningún hombre podría crecerle más el ganado vacuno de ancha frente; pero unos extraños me ordenan que les traiga vacas para comérselas, y no se cuidan del hijo de la casa, ni temen la venganza de las deidades, pues ya desean repartirse las posesiones del rey cuya ausencia se hace tan larga. Muy á menudo mi ánimo revuelve en el pecho estas ideas: malo es que en vida del hijo me vaya á otro pueblo, emigrando con las vacas hacia los hombres de un país extraño; pero me resulta más duro quedarme, guardando las vacas para otros y sufriendo pesares. Y mucho ha que me hubiese ido á refugiarme cerca de alguno de los prepotentes reyes, porque lo de acá ya no es tolerable; pero aguardo aún á aquel infeliz, por si, viniendo de algún sitio, dispersa á los pretendientes que están en el palacio.»
226 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Boyero! Como no me pareces ni vil ni insensato, y conozco que la prudencia rige tu espíritu, voy á decirte una cosa que afirmaré con solemne juramento: Sean testigos primeramente Júpiter entre los dioses y luego la mesa hospitalaria y el hogar del irreprochable Ulises á que he llegado, de que Ulises vendrá á su casa, estando tú en ella; y podrás ver con tus ojos, si quieres, la matanza de los pretendientes que hoy señorean en el palacio.»
Veinte esclavas se encaminaron á la fuente de aguas profundas
(Canto XX, verso 158.)
235 Díjole entonces el boyero: «¡Oh huésped! Ojalá el Saturnio llevara á cumplimiento cuanto dices; que no tardarías á conocer cuál es mi fuerza y de qué brazos dispongo.»
238 Eumeo suplicó asimismo á todos los dioses que el prudente Ulises volviera á su casa.
240 Así éstos decían. Los pretendientes maquinaban contra Telémaco la muerte y el destino, cuando de súbito apareció un ave á su izquierda, un águila altanera, con una tímida paloma entre las garras. Y Anfínomo les arengó diciendo:
245 «¡Amigos! Este propósito—la muerte de Telémaco—no tendrá buen éxito para nosotros; mas, ea, pensemos ya en la comida.»