304 «¡Ctesipo! Mucho mejor ha sido para ti no acertar al forastero, porque éste haya evitado el golpe; que yo te traspasara con mi aguda lanza y tu padre te hiciera acá los funerales en vez de celebrar tu casamiento. Por tanto nadie se porte insolentemente dentro de la casa, que ya conozco y entiendo muchas cosas, buenas y malas, aunque antes fuese un niño. Y si toleramos lo que vemos—que sean degolladas las ovejas, y se beba el vino, y se consuma el pan—es por la dificultad de que uno solo refrene á muchos. Mas, ea, no me causéis más daño, siéndome malévolos; y si deseáis matarme con el bronce, yo quisiera que lo llevaseis á cumplimiento, pues más valdría morir que ver de continuo esas inicuas acciones: maltratados los huéspedes y forzadas indignamente las siervas en las hermosas estancias.»
320 Así habló. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Mas al fin les dijo Agelao Damastórida:
322 «¡Amigos! Nadie se irrite, oponiendo contrarias razones al dicho justo de Telémaco; y no maltratéis al huésped, ni á ningún esclavo de los que moran en la casa del divinal Ulises. Á Telémaco y á su madre les diría unas suaves palabras, si fuere grato al corazón de entrambos. Mientras en vuestro pecho esperaba el ánimo que el prudente Ulises volviese, no podíamos indignarnos por la demora, ni porque se entretuviera en la casa á los pretendientes; y aun hubiese sido lo mejor, si Ulises viniera y tornara á su palacio. Pero ahora ya es evidente que no volverá. Ea, pues, siéntate al lado de tu madre y dile que tome por esposo al varón más eximio y que más donaciones le haga; para que tú sigas en posesión de los bienes de tu padre, comiendo y bebiendo en los mismos, y ella cuide la casa de otro.»
338 Respondióle el prudente Telémaco: «No, ¡por Júpiter y por los trabajos de mi padre que ha fallecido ó va errante lejos de Ítaca!, no difiero, oh Agelao, las nupcias de mi madre; antes la exhorto á casarse con aquél que, siéndole grato, le haga muchísimos presentes; pero me daría vergüenza arrojarla del palacio contra su voluntad y con duras palabras. ¡No permitan los dioses que así suceda!»
345 Tales fueron las palabras de Telémaco. Palas Minerva movió á los pretendientes á una risa inextinguible y les perturbó la razón. Reían con risa forzada, devoraban sanguinolentas carnes, se les llenaron de lágrimas los ojos y su ánimo presagiaba el llanto. Entonces Teoclímeno, semejante á un dios, les dijo de esta suerte:
351 «¡Ah míseros! ¿Qué mal es ése que padecéis? Noche obscura os envuelve la cabeza, y el rostro, y abajo las rodillas; crecen los gemidos; báñanse en lágrimas las mejillas; y así los muros como los hermosos intercolumnios aparecen rociados de sangre. Llenan el vestíbulo y el patio las sombras de los que descienden al tenebroso Érebo; el sol desapareció del cielo y una horrible obscuridad se extiende por doquier.»
358 En tales términos les habló; y todos rieron dulcemente. Entonces Eurímaco, hijo de Pólibo, comenzó á decirles:
360 «Está loco ese huésped venido de país extraño. Ea, jóvenes, llevadle ahora mismo á la puerta y váyase al ágora, ya que aquí le parece que es de noche.»
363 Contestóle Teoclímeno, semejante á un dios: «¡Eurímaco! No pido que me acompañen. Tengo ojos, orejas y pies, y en mi pecho la razón que está sin menoscabo: con su auxilio me iré afuera, porque comprendo que viene sobre vosotros la desgracia, de la cual no podréis huir ni libraros ninguno de los pretendientes que en el palacio del divinal Ulises insultáis á los hombres, maquinando inicuas acciones.»
371 Cuando esto hubo dicho, salió del cómodo palacio y se fué á la casa de Pireo, que lo acogió benévolo. Los pretendientes se miraban los unos á los otros y zaherían á Telémaco, burlándose de sus huéspedes. Y entre los jóvenes soberbios hubo quien habló de esta manera: