454 «Oíd ahora, oh itacenses, lo que os digo. Por vuestra culpable debilidad ocurrieron tales cosas, amigos: que nunca os dejasteis persuadir ni por mí, ni por Méntor, pastor de hombres, cuando os exhortábamos á poner término á las locuras de vuestros hijos; y éstos, con su pernicioso orgullo, cometieron una gran falta, devorando los bienes y ultrajando á la mujer de un varón eximio que se figuraban que ya no había de volver. Y al presente, ojalá se haga lo que os voy á decir. Creedme á mí: no vayamos; no sea que alguien halle el mal que se habrá buscado.»
463 Así les dijo. Levantáronse con gran clamoreo más de la mitad; y los restantes, que se quedaron allí porque no les plugo la arenga y en cambio los persuadió Eupites, corrieron muy pronto á tomar las armas. Apenas se hubieron revestido de luciente bronce, juntáronse en compacto escuadrón fuera de la espaciosa ciudad. Y Eupites asumió el mando, dejándose llevar por su simpleza: pensaba vengar la muerte de su hijo y no había de volver á la población, porque estaba dispuesto que allá fuera le alcanzase el hado.
472 Mientras esto ocurría, dijo Minerva á Jove Saturnio: «¡Padre nuestro, Saturnio, el más excelso de los que imperan! Responde á lo que voy á preguntarte. ¿Cuál es el propósito que interiormente has formado? ¿Llevarás á efecto la perniciosa guerra y el horrible combate, ó pondrás amistad entre unos y otros?»
477 Contestóle Júpiter, que amontona las nubes: «¡Hija mía! ¿Por qué inquieres y preguntas tales cosas? ¿No formaste tú misma ese proyecto: que Ulises, al tornar á su tierra, se vengaría de aquéllos? Haz ahora cuanto te plazca; mas yo te diré lo que es oportuno. Puesto que el divinal Ulises se ha vengado de los pretendientes, inmólense víctimas y préstense juramentos de mutua fidelidad; tenga aquél siempre su reinado en Ítaca; hagamos que se olvide la matanza de los hijos y de los hermanos; ámense los unos á los otros, como anteriormente; y haya paz y riqueza en gran abundancia.»
487 Con tales palabras instigóle á hacer lo que ella deseaba; y Minerva bajó presurosa de las cumbres del Olimpo.
489 Cuando los de la casa de Laertes hubieron satisfecho el apetito con la agradable comida, el paciente divinal Ulises rompió el silencio para decirles: «Salga alguno á mirar: no sea que ya estén cerca los que vienen.»
492 Tal dijo. Salió uno de los hijos de Dolio, cumpliendo lo mandado por Ulises; detúvose en el umbral, y, al verlos á todos ya muy próximos, dirigió al héroe estas aladas palabras: «Ya vienen cerca; armémonos cuanto antes.»
496 Así les habló. Levantáronse y vistieron la armadura los cuatro con Ulises, los seis hijos de Dolio y además, aunque ya estaban canosos, Laertes y Dolio, pues la necesidad les obligó á ser guerreros. Y cuando se hubieron revestido de luciente bronce, abrieron la puerta y salieron de la casa, precedidos por Ulises.
502 En aquel instante se les acercó Minerva, hija de Júpiter, que había tomado la figura y la voz de Méntor. El paciente y divinal Ulises se alegró de verla y al punto dijo á Telémaco, su hijo amado:
506 «¡Telémaco! Ahora que vas á la pelea, donde se señalan los más eximios, procura no deshonrar el linaje de tus mayores; pues en ser esforzados y valientes hemos descollado todos sobre la haz de la tierra.»