328 Tal fué su plegaria que oyó Palas Minerva. Pero la diosa no se le apareció aún, porque temía á su tío paterno, quien estuvo vivamente irritado contra Ulises, mientras el héroe no arribó á su patria.
Refiere Ulises cómo partió de la isla Ogigia y llegó al país de los feacios
CANTO VII
ENTRADA DE ULISES EN EL PALACIO DE ALCÍNOO
1 Mientras así rogaba el paciente divinal Ulises, la doncella era conducida á la ciudad por las vigorosas mulas. Apenas hubo llegado á la ínclita morada de su padre, paró en el umbral; sus hermanos, que se asemejaban á los dioses, pusiéronse á su alrededor, desengancharon las mulas y llevaron los vestidos adentro de la casa; y ella se encaminó á su habitación donde encendía fuego la anciana Eurimedusa de Apira, su camarera, á quien en otro tiempo habían traído de allá en las corvas naves y elegido para ofrecérsela como regalo á Alcínoo, que reinaba sobre todos los feacios y era escuchado por el pueblo cual si fuese un dios. Ésta fué la que crió á Nausícaa en el palacio; y entonces le encendía fuego y le aparejaba la cena.
14 En aquel punto levantábase Ulises, para ir á la ciudad; y Minerva, que le quería bien, envolvióle en copiosa nube: no fuera que alguno de los magnánimos feacios, saliéndole al camino, le zahiriese con palabras y le preguntase quién era. Mas, al entrar el héroe en la agradable población, se le hizo encontradiza Minerva, la deidad de los brillantes ojos, transfigurada en joven doncella que llevaba un cántaro, y se detuvo ante él. Y el divinal Ulises le dirigió esta pregunta:
22 «¡Oh hija! ¿No podrías llevarme al palacio de Alcínoo, que reina sobre estos hombres? Soy un infeliz forastero que, después de padecer mucho, he llegado acá, viniendo de lejos, de una tierra apartada; y no conozco á ninguno de los que habitan en la ciudad ni de los que moran en el campo.»
27 Respondióle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «Yo te mostraré, oh forastero venerable, el palacio de que hablas, pues está cerca de la mansión de mi eximio padre. Anda sin desplegar los labios, y te guiaré en el camino; pero no mires á los hombres ni les hagas preguntas, que ni son muy tolerantes con los forasteros ni acogen amistosamente al que viene de otro país. Aquéllos, fiando en sus rápidos bajeles, atraviesan el gran abismo del mar por concesión de Neptuno, que sacude la tierra; y sus embarcaciones son tan ligeras como las alas ó el pensamiento.»