PRESENTACIÓN DE ULISES Á LOS FEACIOS
1 Al punto que se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, levantáronse de la cama la sacra potestad de Alcínoo y Ulises, el de jovial linaje, asolador de ciudades. La sacra potestad de Alcínoo se puso al frente de los demás, y juntos se encaminaron al ágora, que los feacios habían construído cerca de las naves. Tan luego como llegaron, sentáronse en unas piedras pulidas, los unos al lado de los otros; mientras Palas Minerva, transfigurada en heraldo del prudente Alcínoo, recorría la ciudad y pensaba en la vuelta del magnánimo Ulises á su patria. Y la diosa, allegándose á cada varón, dirigíales estas palabras:
11 «¡Ea, caudillos y príncipes de los feacios! Id al ágora para que oigáis hablar del forastero que no ha mucho llegó á la casa del prudente Alcínoo, después de ir errante por el ponto, y es un varón que se asemeja por su cuerpo á los inmortales.»
15 Diciendo así, movíales el corazón y el ánimo. El ágora y los asientos llenáronse bien presto de varones que se iban juntando, y eran en gran número los que contemplaban con admiración al prudente hijo de Laertes, pues Minerva difundió la gracia por la cabeza y los hombros de Ulises é hizo que pareciese más alto y más grueso para que á todos los feacios les fuera grato, temible y venerable, y llevara á término los muchos juegos con que éstos habían de probarlo. Y no bien acudieron los ciudadanos, una vez reunidos todos, Alcínoo les arengó de esta manera:
26 «¡Oídme, caudillos y príncipes de los feacios, y os diré lo que en el pecho mi corazón me dicta! Este forastero, que no sé quién es, llegó errante á mi palacio—ya venga de los hombres de Oriente, ya de los de Occidente—y nos suplica con mucha insistencia que tomemos la firme resolución de llevarlo á su patria. Apresurémonos, pues, á conducirle, como anteriormente lo hicimos con tantos otros; ya que ninguno de los que vinieron á mi casa, hubo de estar largo tiempo suspirando por la vuelta. Ea, pues, botemos al mar divino una negra nave sin estrenar y escójanse de entre el pueblo los cincuenta y dos mancebos que hasta aquí hayan sido los más excelentes. Y, atando bien los remos á los bancos, salgan de la embarcación y aparejen en seguida un convite en mi palacio; que á todos lo he de dar muy abundante. Esto mando á los jóvenes; pero vosotros, reyes portadores de cetro, venid á mi hermosa mansión para que festejemos en la sala á nuestro huésped. Nadie se me niegue. Y llamad á Demódoco, el divino aedo á quien los númenes otorgaron gran maestría en el canto para deleitar á los hombres, siempre que á cantar le incita su ánimo.»
46 Cuando así hubo hablado, se puso en marcha; siguiéronle los reyes, portadores de cetro, y el heraldo fué á llamar al divinal aedo. Los cincuenta y dos jóvenes elegidos, cumpliendo la orden del rey, enderezaron á la ribera del estéril mar; y, en llegando á do estaba la negra embarcación, echáronla al mar profundo, pusieron el mástil y el velamen, y ataron los remos con correas, haciéndolo todo de conveniente manera. Extendieron después las blancas velas, anclaron la nave donde el agua era profunda, y acto continuo se fueron á la gran casa del prudente Alcínoo. Llenáronse los pórticos, el recinto de los patios y las salas con los hombres que allí se congregaron; pues eran muchos, entre jóvenes y ancianos. Para ellos inmoló Alcínoo doce ovejas, ocho puercos de albos dientes y dos flexípedes bueyes: todos fueron desollados y preparados, y aparejóse una agradable comida.
62 Compareció el heraldo con el amable aedo á quien la Musa quería extremadamente y le había dado un bien y un mal: privóle de la vista y concedióle el dulce canto. Pontónoo le puso en medio de los convidados una silla de clavazón de plata, arrimándola á excelsa columna; y el heraldo le colgó de un clavo la sonora cítara, más arriba de la cabeza, enseñóle á tomarla con las manos y le acercó un canastillo, una pulcra mesa y una copa de vino para que bebiese siempre que su ánimo se lo aconsejara. Todos echaron mano á las viandas que tenían delante. Y apenas saciado el deseo de comer y de beber, la Musa excitó al aedo á que celebrase la gloria de los guerreros con un cantar cuya fama llegaba entonces al anchuroso cielo: la disputa de Ulises y del Pelida Aquiles, quienes en el espléndido banquete en honor de los dioses contendieron con horribles palabras, mientras el rey de hombres Agamenón se regocijaba en su ánimo al ver que reñían los mejores de los aqueos; pues Febo Apolo se lo había pronosticado en la divina Pito, cuando el héroe pasó el umbral de piedra y fué á consultarle, diciéndole que desde aquel punto comenzaría á revolverse la calamidad entre teucros y dánaos por la decisión del gran Jove.
83 Tal era lo que cantaba el ínclito aedo. Ulises tomó con sus robustas manos el gran manto de color de púrpura y se lo echó por encima de la cabeza, cubriendo su faz hermosa, pues dábale vergüenza que brotaran lágrimas de sus ojos delante de los feacios; y así que el divinal aedo dejó de cantar, enjugóse las lágrimas, se quitó el manto de la cabeza y, asiendo una copa doble, hizo libaciones á las deidades. Pero, cuando aquél volvió á comenzar—habiéndole pedido los más nobles feacios que cantase, porque se deleitaban con sus relatos—Ulises se cubrió nuevamente la cabeza y tornó á llorar. Á todos les pasó inadvertido que derramara lágrimas menos á Alcínoo; el cual, sentado junto á él, lo advirtió y notó, oyendo asimismo que suspiraba profundamente. Y entonces dijo el rey á los feacios, amantes de manejar los remos:
97 «¡Oídme, caudillos y príncipes de los feacios! Como ya hemos gozado del común banquete y de la cítara, que es la compañera del festín espléndido, salgamos á probar toda clase de juegos; para que el huésped participe á sus amigos, después que se haya restituído á la patria, cuánto superamos á los demás hombres en el pugilato, la lucha, el salto y la carrera.»
104 Cuando así hubo hablado se puso en marcha, y los demás le siguieron. El heraldo colgó del clavo la sonora cítara y, asiendo de la mano á Demódoco, lo sacó de la casa y le fué guiando por el mismo camino por donde iban los nobles feacios á admirar los juegos. Encamináronse todos al ágora, seguidos de una turba numerosa, inmensa; y allí se pusieron en pie muchos y vigorosos jóvenes. Levantáronse Acróneo, Ocíalo, Elatreo, Nauteo, Primneo, Anquíalo, Eretmeo, Ponteo, Proreo, Toón, Anabesíneo y Anfíalo, hijo de Políneo Tectónida; levantóse también Euríalo, igual á Marte, funesto á los mortales, y Naubólides, el más excelente en cuerpo y hermosura de todos los feacios después del intachable Laodamante; y alzáronse, por fin, los tres hijos del egregio Alcínoo: Laodamante, Halio y Clitoneo, parecido á un dios. Empezaron por probarse en la carrera. Partieron simultáneamente de la raya, y volaban ligeros y levantando polvo por la llanura. Entre ellos descollaba mucho en el correr el eximio Clitoneo, y cuan largo es el surco que abren dos mulas en campo noval, tanto se adelantó á los demás que le seguían rezagados. Probáronse otros en la fatigosa lucha, y Euríalo venció á cuantos en ella sobresalían. En el salto fué Anfíalo superior á los demás; en arrojar el disco señalóse Elatreo sobre todos; y en el pugilato, Laodamante, el buen hijo de Alcínoo. Y cuando todos hubieron recreado su ánimo con los juegos, Laodamante, hijo de Alcínoo, hablóles de esta suerte: