413 »Apenas acabaron de hablar, se fueron todos; y yo me reí en mi corazón de cómo mi nombre y mi excelente artificio les había engañado. El Ciclope, gimiendo por los grandes dolores que padecía, anduvo á tientas, quitó el peñasco de la puerta y se sentó en la entrada, tendiendo los brazos por si lograba echar mano á alguien que saliera con las ovejas: ¡tan mentecato esperaba que yo fuese! Mas yo meditaba cómo pudiera aquel lance acabar mejor, y si hallaría algún recurso para librar de la muerte á mis compañeros y á mí mismo. Revolví toda clase de engaños y de artificios, como que se trataba de la vida y un gran mal era inminente, y al fin parecióme la mejor resolución la que voy á decir. Había unos carneros bien alimentados, hermosos, grandes, de espesa y obscura lana; y, sin desplegar los labios, los até de tres en tres, entrelazando mimbres de aquellos sobre los cuales dormía el monstruoso é injusto Ciclope: y así el del centro llevaba á un hombre y los otros dos iban á entrambos lados para que salvaran á mis compañeros. Tres carneros llevaban, por tanto, á cada varón; mas yo, viendo que había otro carnero que sobresalía entre todas las reses, lo asgo por la espalda, me deslizo al vedijudo vientre y me quedo agarrado con ambos manos á la abundantísima lana, manteniéndome en esta postura con ánimo paciente. Así, profiriendo suspiros, aguardamos la aparición de la divinal Aurora.
437 »Cuando se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, los machos salieron presurosos á pacer y las hembras, como no se las había ordeñado, balaban en el corral con las tetas retesadas. Su amo, afligido por los dolores, palpaba el lomo á todas las reses, que estaban de pie, y el simple no advirtió que mis compañeros iban atados á los pechos de los vedijudos animales. El último en tomar el camino de la puerta fué mi carnero, cargado de su lana y de mí mismo que pensaba en muchas cosas. Y el robusto Polifemo lo palpó y así le dijo:
447 «¡Carnero querido! ¿Por qué sales de la gruta el postrero del rebaño? Nunca te quedaste detrás de las ovejas, sino que, andando á buen paso, pacías el primero las tiernas flores de la hierba, llegabas el primero á las corrientes de los ríos y eras quien primero deseaba tornar al establo al caer de la tarde; mas ahora vienes, por el contrario, el último de todos. Sin duda echarás de menos el ojo de tu señor, á quien cegó un hombre malvado con sus perniciosos compañeros, perturbándole las mientes con el vino, Nadie, pero me figuro que aún no se ha librado de una terrible muerte. ¡Si tuvieras mis sentimientos y pudieses hablar, para indicarme dónde evita mi furor! Pronto su cerebro, molido á golpes, se esparciría acá y allá por el suelo de la gruta, y mi corazón se aliviaría de los daños que me ha causado ese despreciable Nadie.»
El Ciclope arrancó la cumbre de una montaña y la arrojó delante de nuestra embarcación
(Canto IX, versos 480 y 481.)
461 »Diciendo así, dejó el carnero y lo echó afuera. Cuando estuvimos algo apartados de la cueva y del corral, soltéme del carnero y desaté á los amigos. Al punto antecogimos aquellas gordas reses de gráciles piernas y, dando muchos rodeos, llegamos por fin á la nave. Nuestros compañeros se alegraron de vernos á nosotros, que nos habíamos librado de la muerte, y empezaron á gemir y á sollozar por los demás. Pero yo, haciéndoles una señal con las cejas, les prohibí el llanto y les mandé que cargaran presto en la nave muchas de aquellas reses de hermoso vellón y volviéramos á surcar el agua salobre. Embarcáronse en seguida y, sentándose por orden en los bancos, tornaron á herir con los remos el espumoso mar. Y, al estar tan lejos cuanto se deja oir un hombre que grita, hablé al Ciclope con estas mordaces palabras:
475 «¡Ciclope! No debías emplear tu gran fuerza para comerte en la honda gruta á los amigos de un varón indefenso. Las consecuencias de tus malas acciones habían de alcanzarte, oh cruel, ya que no temiste devorar á tus huéspedes en tu misma morada: por esto Júpiter y los demás dioses te han castigado.»
480 »Así le dije; y él, airándose más en su corazón, arrancó la cumbre de una gran montaña, arrojóla delante de nuestra embarcación de azulada proa, y poco faltó para que no diese en la extremidad del gobernalle. Agitóse el mar por la caída del peñasco y las olas, al refluir desde el ponto, empujaron la nave hacia el continente y la llevaron á tierra firme. Pero yo, asiendo con ambas manos un larguísimo botador, echéla al mar y ordené á mis compañeros, haciéndoles con la cabeza silenciosa señal, que apretaran con los remos á fin de librarnos de aquel peligro. Encorváronse todos y empezaron á remar. Mas, al hallarnos dentro del mar, á una distancia doble de la de antes, hablé al Ciclope, no embargante que mis compañeros me rodeaban y pretendían disuadirme con suaves palabras unos por un lado y otros por el opuesto:
494 «¡Desgraciado! ¿Por qué quieres irritar á ese hombre feroz que con lo que tiró al ponto hizo tornar la nave á tierra firme donde creímos encontrar la muerte? Si oyera que alguien da voces ó habla, nos aplastaría la cabeza y el maderamen del barco, arrojándonos áspero bloque. ¡Tan lejos llegan sus tiros!»