53 «¡Júpiter y los inmortales dioses te concedan, oh huésped, lo que más anheles; ya que con tal benevolencia me has acogido!»

55 Y tú le contestaste así, porquerizo Eumeo: «¡Oh forastero! No me es lícito despreciar al huésped que se presente, aunque sea más miserable que tú, pues todos los forasteros y pobres son de Júpiter. Cualquier donación nuestra les es grata, no embargante que haya de ser exigua; que así suelen hacerlas los siervos, siempre temerosos cuando mandan amos jóvenes. Pues las deidades atajaron sin duda la vuelta del mío, el cual, amándome sobre todo extremo, me hubiese proporcionado una posesión, una casa, un peculio y una mujer hermosa; todo lo cual da un amo benévolo á su siervo, cuando ha trabajado mucho para él y las deidades hacen prosperar su obra como hicieron prosperar ésta en que me ocupo. Grandemente me ayudara mi señor, si aquí envejeciese; pero murió ya: ¡así hubiera perecido completamente la estirpe de Helena, por la cual á tantos hombres les quebraron las rodillas! Que aquél fué á Troya, la de hermosos corceles, para honrar á Agamenón combatiendo contra los teucros.»

72 Diciendo así, en un instante se sujetó la túnica con el cinturón, se fué á las pocilgas donde estaban las piaras de los puercos, volvió con dos, y á entrambos los sacrificó, los chamuscó y, después de descuartizarlos, los espetó en los asadores. Cuando la carne estuvo asada, se la llevó á Ulises, caliente aún y en los mismos asadores, polvoreándola de blanca harina; echó en una copa de yedra vino dulce como la miel, sentóse enfrente de Ulises, é, invitándole, hablóle de esta suerte:

Al llegar Ulises á la majada, los canes ladraron y corrieron á encontrarle

(Canto XIV, versos 29 y 30.)

80 «Come, oh huésped, esta carne de puerco, que es la que está á la disposición de los esclavos; pues los pretendientes devoran los cerdos más gordos, sin pensar en la venganza de las deidades, ni sentir piedad alguna. Pero los bienaventurados númenes no se agradan de las obras perversas, sino que honran la justicia y las acciones sensatas de los varones. Y aun los varones malévolos y enemigos que invaden el país ajeno y, permitiéndoles Júpiter que recojan botín, vuelven á la patria con las naves repletas; aun éstos sienten que un fuerte temor de la venganza divina les oprime el corazón. Mas los pretendientes algo deben de saber de la deplorable muerte de aquél, por la voz de alguna deidad que han oído, cuando no quieren pedir de justo modo el casamiento, ni restituirse á sus casas; antes muy tranquilos consumen los bienes orgullosa é inmoderadamente. En ninguno de los días ni de las noches, que proceden de Júpiter, se contentan con sacrificar una víctima, ni dos tan sólo; y agotan el vino, bebiéndolo sin tasa alguna. Pues la hacienda de mi amo era cuantiosísima, tanto como la de ninguno de los héroes que viven en el negro continente ó en la propia Ítaca y ni juntando veinte hombres la suya pudieran igualarla. Te la voy á especificar. Doce vacadas hay en el continente; y otras tantas greyes de ovejas, otras tantas piaras de cerdos, y otras tantas copiosas manadas de cabras apacientan allá sus pastores y gente asalariada. Aquí pacen once hatos numerosos de cabras en la extremidad del campo, y los vigilan buenos pastores, cada uno de los cuales lleva todos los días á los pretendientes una res, aquella de las bien nutridas cabras que le parece mejor. Y yo guardo y protejo estas marranas y, separando siempre el mejor de los puercos, se lo envío también.»

109 Así habló. Ulises, sin desplegar los labios, se apresuraba á comer la vianda y bebía vino con avidez, maquinando males contra los pretendientes. Después que hubo cenado y repuesto el ánimo con la comida, dióle Eumeo la copa que usaba para beber, llena de vino. Aceptóla el héroe y, alegrándose en su corazón, pronunció estas aladas palabras:

115 «¡Oh amigo! ¿Quién fué el que te compró con sus bienes y era tan opulento y poderoso, según cuentas? Decías que pereció por causa de la honra de Agamenón. Nómbramelo por si en alguna parte hubiese conocido á tal hombre. Júpiter y los dioses inmortales saben si lo he visto y podré darte alguna nueva, pues anduve perdido por muchos pueblos.»

121 Respondióle el porquerizo, mayoral de los pastores: «¡Oh viejo! Á ningún vagabundo que llegue con noticias de mi amo, le darán crédito ni la mujer de éste ni su hijo; pues los que van errantes y necesitan socorro mienten sin reparo y se niegan á hablar sinceramente. Todo aquel que, peregrinando, llega al pueblo de Ítaca, va á referirle patrañas á mi señora; y ésta le acoge amistosamente, le hace preguntas sobre cada punto, y al momento solloza y destila lágrimas de sus párpados, como es costumbre de la mujer cuyo marido ha muerto en otra tierra. Tú mismo, oh anciano, inventarías muy pronto cualquier relación, si te diesen un manto y una túnica con que vestirte. Mas ya los perros y las veloces aves han debido de separarle la piel de los huesos, y el alma le habrá dejado; ó quizás los peces lo devoraron en el ponto y sus huesos yacen en la playa, dentro de un gran montón de arena. De tal suerte murió aquél y nos ha dejado pesares á todos sus amigos y especialmente á mí, que ya no hallaré un amo tan benévolo en ningún lugar á que me encamine, ni aun si me fuere á la casa de mi padre y de mi madre donde nací y ellos me criaron. Y lloro no tanto por los mismos, aunque deseara verlos con mis ojos en la patria tierra, como porque me aqueja el deseo del ausente Ulises; á quien, oh huésped, temo nombrar, no hallándose acá, pues me amaba mucho y se preocupaba por mí en su corazón, y yo le llamo hermano del alma por más que esté lejos.»