409 Así éstos conversaban. Entretanto acercáronse los puercos con sus pastores, quienes encerraron las marranas en las pocilgas, para que durmiesen; y un gruñido inmenso se dejó oir mientras los puercos se acomodaban en los establos. Entonces el divinal porquerizo dió esta orden á sus compañeros:
414 «Traed el mejor de los puercos para que lo sacrifique en honra de este forastero venido de lejas tierras y nos sirva de provecho á nosotros que ha mucho tiempo que nos fatigamos por los cerdos de blanca dentadura y otros se comen impunemente el fruto de nuestros afanes.»
418 Diciendo así, cortó leña con el despiadado bronce, mientras los pastores introducían un gordísimo puerco de cinco años que dejaron junto al hogar; y el porquerizo no se olvidó de los inmortales, pues tenía buenos sentimientos: ofrecióles las primicias, arrojando en el fuego algunas cerdas de la cabeza del puerco de blanca dentadura, y pidió á todos los dioses que el prudente Ulises tornara á su casa. Después alzó el brazo y con un tronco de encina que dejara al cortar leña hirió al puerco, que cayó exánime. Ellos lo degollaron, lo chamuscaron y seguidamente lo partieron en pedazos. El porquerizo empezó por tomar una parte de cada miembro del animal, envolvió en pingüe grasa los trozos crudos y, polvoreándolos de blanca harina, los echó en el fuego. Dividieron lo restante en pedazos más chicos que espetaron en los asadores, los asaron cuidadosamente y, retirándolos del fuego, los colocaron todos juntos encima de la mesa. Levantóse á hacer partes el porquerizo, cuya mente tanto apreciaba la justicia, y, dividiendo los trozos, formó siete porciones: ofreció una á las Ninfas y á Mercurio, hijo de Maya, á quienes dirigió votos, y distribuyó las demás á los comensales, honrando á Ulises con el ancho lomo del puerco de blanca dentadura, cual obsequio alegróle el espíritu á su señor. En seguida el ingenioso Ulises le habló diciendo:
440 «¡Ojalá seas, oh Eumeo, tan caro al padre Júpiter como á mí mismo, pues, aun estando como estoy, me honras con excelentes dones!»
442 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «Come, oh el más infortunado de los huéspedes, y disfruta de lo que tienes delante; pues la divinidad te dará esto y te rehusará aquello, según le plegue á su ánimo, puesto que es todopoderosa.»
446 Dijo, sacrificó las primicias á los sempiternos númenes y, libando el negro vino, puso la copa en manos de Ulises, asolador de ciudades, que junto á su porción estaba sentado. Repartióles el pan Mesaulio, á quien el porquerizo había adquirido por sí solo, en la ausencia de su amo y sin ayuda de su señora ni del anciano Laertes, comprándolo á unos tafios con sus propios bienes. Todos echaron mano á las viandas que tenían delante. Y así que hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, Mesaulio quitó el pan y ellos, hartos de pan y de carne, fuéronse sin dilación á la cama.
457 Sobrevino una noche mala y sin luna, en la cual Júpiter llovió sin cesar, y el lluvioso Céfiro sopló constantemente y con gran furia. Y Ulises habló del siguiente modo, tentando al porquerizo á fin de ver si se quitaría el manto para dárselo ó exhortaría á alguno de los compañeros á que así lo hiciese, ya que tan gran cuidado por él se tomaba:
462 «¡Oídme ahora, Eumeo y demás compañeros! Voy á proferir algunas palabras para gloriarme, que á ello me impulsa el perturbador vino; pues hasta al más sensato le hace cantar y reir blandamente, le incita á bailar y le mueve á revelar cosas que más conviniera tener calladas. Pero, ya que empecé á hablar, no callaré lo que me resta decir. ¡Ojalá fuese tan joven y mis fuerzas tan robustas, como cuando guiábamos al pie del muro de Troya la emboscada previamente dispuesta! Eran sus capitanes Ulises y Menelao Atrida, y yo iba como tercer jefe, pues ellos mismos me lo ordenaron. Tan pronto como llegamos cerca de la ciudad y de su alto muro, nos tendimos en unos espesos matorrales, entre las cañas de un pantano, acurrucándonos debajo de las armas. Sobrevino una noche mala, glacial; porque soplaba el Bóreas, caía de lo alto una nieve menuda y fría, como escarcha, y condensábase el hielo en torno de los escudos. Los demás, que tenían mantos y túnicas, estaban durmiendo tranquilamente con las espaldas cubiertas por los escudos; pero yo, al partir, cometí la necedad de entregar el manto á mis compañeros, porque no pensaba que hubiera de padecer tanto frío, y me puse en marcha con solo el escudo y una espléndida cota. Mas, tan luego como la noche hubo llegado á su último tercio y ya los astros declinaban, toqué con el codo á Ulises, que estaba cerca y me atendió muy pronto, y díjele de esta guisa:
486 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Ya no me contarán en el número de los vivientes, porque el frío me rinde. No tengo manto. Engañóme algún dios, cuando partí con la sola túnica y ahora no hallo medio alguno para escapar con vida.»
490 »Así me expresé. Pronto se le ofreció á su ánimo un recurso, siendo como era tan señalado en aconsejar como en combatir; y, hablándome quedo, pronunció estas palabras: «¡Calla! No sea que te oiga alguno de los aqueos.» Dijo; y, estribando sobre el codo, levantó la cabeza y comenzó á hablar de esta manera: