30 Respondióle el prudente Telémaco: «Así lo haré, abuelo, que por ti vine, por verte con mis ojos y saber si mi madre permanece todavía en el palacio ó ya alguno de aquellos varones se casó con ella y el lecho de Ulises, no habiendo quien yazca en él, está por las telarañas ocupado.»
36 Le dijo entonces el porquerizo, mayoral de los pastores: «Aquélla permanece en tu palacio, con el ánimo afligido, y consume tristemente los días y las noches, llorando sin cesar.»
40 Cuando así hubo hablado, tomóle la broncínea lanza; y Telémaco entró por el umbral de piedra. Su padre Ulises quiso ceder el asiento al que llegaba, pero Telémaco prohibióselo con estas palabras:
44 «Siéntate, huésped, que ya hallaremos asiento en otra parte de nuestra majada, y está muy próximo el varón que ha de prepararlo.»
46 Así le dijo; y el héroe tornó á sentarse. Para Telémaco, el porquerizo esparció por tierra ramas verdes y cubriólas con una pelleja, en la cual se acomodó el caro hijo de Ulises. Luego sirvióles el porquerizo platos de carne asada que habían sobrado de la comida de la víspera, amontonó diligentemente el pan en los canastillos, vertió en una copa de yedra vino dulce como la miel, y sentóse enfrente del divinal Ulises. Todos echaron mano á las viandas que tenían delante. Y ya satisfecho el deseo de comer y de beber, Telémaco habló de este modo al divinal porquerizo:
57 «¡Abuelo! ¿De dónde te ha llegado este huésped? ¿Cómo los marineros lo trajeron á Ítaca? ¿Quiénes se precian de ser? Pues no me figuro que haya venido andando.»
60 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «¡Oh hijo! De todo voy á decirte la verdad. Se precia de tener su linaje en la espaciosa Creta, y dice que ha andado vagabundo por muchas de las poblaciones de los mortales porque su hado así lo dispuso. Ahora llegó á mi establo, huyendo del bajel de unos tesprotos, y á ti te lo entrego: haz por él lo que quieras, pues se gloría de ser tu suplicante.»
68 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Eumeo! En verdad que me produce gran pena lo que has dicho. ¿Cómo acogeré en mi casa al forastero? Yo soy joven y no tengo confianza en mis manos para rechazar á quien lo injurie; y mi madre trae en su pecho el ánimo indeciso entre quedarse á mi lado y cuidar de la casa, por respeto al lecho conyugal y temor del dicho de la gente, ó irse con quien sea el mejor de los aqueos que la pretenden en el palacio y le haga más donaciones. Pero, ya que ese huésped llegó á tu morada, le entregaré un manto y una túnica, vestidos muy hermosos, le daré una espada de doble filo y sandalias para los pies, y le enviaré adonde su corazón y su ánimo prefieran. Y si quieres, cuídate de él, teniéndolo en la majada; que yo te enviaré vestidos y manjares de toda especie para que coma y no os sea gravoso ni á ti ni á tus compañeros. Mas, no he de permitir que vaya allá, á juntarse con los pretendientes, cuya malvada insolencia es tan grande, para evitar que lo zahieran y me causen un grave disgusto; pues un hombre, por fuerte que sea, nada consigue revolviéndose contra tantos, que al fin han de resultar más poderosos.»
90 Díjole entonces el paciente divinal Ulises: «¡Oh amigo! Puesto que es justo que te responda, se me desgarra el corazón cuando te oigo hablar de las iniquidades que, según decís, maquinan los pretendientes en tu palacio, contra tu voluntad y siendo cual eres. Dime si te sometes voluntariamente, ó te odia quizás la gente del pueblo á causa de lo revelado por una deidad, ó por acaso te quejas de tus hermanos; pues con la ayuda de éstos, cualquier hombre pelea confiadamente, aunque sea grande la lucha que se suscite. Ojalá que, con el ánimo que tengo, gozara de tu juventud y fuera hijo del eximio Ulises ó Ulises en persona que, vagando, tornase á su patria—pues aún hay esperanza de que así suceda:—cortárame la cabeza un varón enemigo, si no me convertía entonces en una calamidad para todos aquellos, encaminándome al palacio de Ulises Laertíada. Y si, con estar yo solo, hubiera de sucumbir ante la multitud de los mismos, más querría recibir la muerte en mi palacio que presenciar continuamente esas acciones inicuas: huéspedes maltratados, siervas forzadas indignamente en las hermosas estancias, el vino exhausto; y los pretendientes comiendo de temerario modo, sin cesar, y por una empresa que no ha de llevarse á cumplimiento.»
112 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Oh forastero! Voy á informarte con gran sinceridad. No me hice odioso para que se airara conmigo todo el pueblo; ni tampoco he de quejarme de los hermanos, con cuya ayuda cualquier hombre pelea confiadamente aunque sea grande la lucha que se suscite, pues el Saturnio hizo que fueran siempre unigénitos los de mi linaje: Arcesio engendró á Laertes, su hijo único; éste no engendró más que á mi padre Ulises; y Ulises, después de haberme engendrado á mí tan solamente, dejóme en el palacio y no disfrutó de mi compañía. Por esto hay en mi mansión innumerables enemigos. Cuantos próceres mandan en las islas, en Duliquio, en Same y en la selvosa Zacinto, y cuantos imperan en la áspera Ítaca, todos pretenden á mi madre y arruinan nuestra casa. Mi madre ni rechaza las odiosas nupcias, ni sabe poner fin á tales cosas; y aquéllos comen y agotan mi hacienda, y pronto acabarán conmigo mismo. Mas el asunto está en mano de los dioses. Y ahora tú, abuelo, ve aprisa y dile á la discreta Penélope que estoy en salvo y que he llegado de Pilos. Yo me quedaré aquí y tú vuelve inmediatamente que se lo hayas participado, pero á ella sola y sin que ninguno de los aqueos se entere; pues son muchos los que maquinan en mi daño cosas malas.»