—¡Andá al agua! ¡Vos me trajiste! ¡Bandeá el río!
Los dedos lívidos temblaban sobre el gatillo.
Cayé obedeció; dejóse llevar por la corriente, y desapareció tras el pajonal, al que pudo abordar con terrible esfuerzo.
Desde allí, y de atrás, acechó a su compañero, recogiendo el revólver caído; pero Podeley yacía de nuevo de costado, con las rodillas recogidas hasta el pecho, bajo la lluvia incesante. Al aproximarse Cayé alzó la cabeza, y sin abrir casi los ojos, cegados por el agua, murmuró:
—Cayé… caray… Frío muy grande…
Llovió aún toda la noche sobre el moribundo, la lluvia blanca y sorda de los diluvios otoñales, hasta que a la madrugada Podeley quedó inmóvil para siempre en su tumba de agua.
Y en el mismo pajonal, sitiado siete días por el bosque, el río y la lluvia, el mensú agotó las raíces y gusanos posible; perdió poco a poco sus fuerzas, hasta quedar sentado, muriéndose de frío y hambre, con los ojos fijos en el Paraná.
El Silex, que pasó por allí al atardecer, recogió al mensú ya casi moribundo. Su felicidad transformóse en terror, al darse cuenta al día siguiente de que el vapor remontaba el río.
—¡Por favor te pido!—lloriqueó ante el capitán—¡No me bajen en
Puerto X! ¡Me van a matar!… ¡Te lo pido de veras!…
El Silex volvió a Posadas, llevando con él al mensú empapado aún en pesadillas nocturnas.