—¿Usted qué tiene, entonces?
El hombre se sonrió de nuevo, sin responder.
—¿Dónde usted vive?—prosiguió míster Hall, evidentemente decidido a desprenderse de su gramófono.
—En el puerto.
—¡Ah! yo conozco usted… ¿Usted llama Candiyú?
—Así es.
—¿Y usted pesca vigas?
—A veces, alguna viguita sin dueño…
—¡Vendo por vigas!… Tres vigas aserradas. Yo mando carreta.
¿Conviene?
Candiyú se reía.