—¡Es que nos va a pegar un día!—gimoteó María.
—Si ustedes no le dan motivos, no. ¿Qué le han hecho?—añadió dirigiéndose a mí.
—Nada, mamá… Pero yo no quiero que me toque!—objeté a mi vez.
En este momento entró nuestro tío.
—¡Ah! aquí está el buena pieza de tu Eduardo… ¡Te va a sacar canas este hijo, ya verás!
—Se quejan de que quieres pegarles.
—¿Yo?—exclamó el padrastrillo midiéndome.—No lo he pensado aún.
Pero en cuanto me faltes al respeto…
—Y harás bien—asintió mamá.
—¡Yo no quiero que me toque!—repetí enfurruñado y rojo.—¡El no es papá!
—Pero a falta de tu pobre padre, es tu tío. ¡En fin, déjenme tranquila!—concluyó apartándonos.