¡Ah, ah! ¡Por aquí andaba la cosa, entonces! ¡María Elvira Funes, hermana de Luis María Funes, todos en María! ¡Pero si apenas conocía a esa persona! Nada extraño, pues, que mirara al médico como quien mira a un loco.
—¿María Elvira Funes?—repetí.—Ningún grado ni ninguna inclinación.
La conozco apenas. Y ahora…
—No, permítame—me interrumpió.—Le aseguro que es una cosa bastante seria… ¿Me podría dar palabra de compañero de que no hay nada entre Vds. dos?
—¡Pero está loco!—le dije al fin.—¡Nada, absolutamente nada! Apenas la conozco, vuelvo a repetirle, y no creo que ella se acuerde de haberme visto jamás. He hablado un minuto con ella, ponga dos, tres, en su propia casa, y nada más. No tengo, por lo tanto, le repito por décima vez, inclinación particular hacia ella.
—Es raro, profundamente raro…—murmuró el hombre, mirándome fijamente.
Comenzaba ya a serme pesado el galeno, por eminente que fuese—y lo era,—pisando un terreno con el que nada tenían que ver sus aspirinas.
—Creo que tengo ahora el derecho…
Pero me interrumpió de nuevo:
—Sí, tiene derecho de sobra… ¿Quiere esperar hasta esta noche? Con dos palabras podrá comprender que el asunto es de todo, menos de broma… La persona de quien hablamos está gravemente enferma, casi a la muerte… ¿Entiende algo?—concluyó mirándome bien a los ojos.
Yo hice lo mismo con él durante un rato.