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¡Sueño, sueño y sueño! Han pasado dos meses, y creo a veces soñar aún. ¿Fuí yo o no, por Dios bendito, aquél a quien se le tendió la mano, y el brazo desnudo hasta el codo, cuando la fiebre tornaba hostiles aún los rostros bien amados de la casa? ¿Fuí yo o no el que apaciguó en sus ojos, durante minutos inmensos de eternidad, la mirada mareada de amor de mi María Elvira?

Si, fuí yo. Pero eso está acabado, concluído, finalizado, muerto, inmaterial, como si nunca hubiera sido. Y sin embargo…

Volví a verla a los veinte días después. Ya estaba sana, y cené con ellos. Hubo al principio una evidente alusión a los desvaríos sentimentales de la enferma, todo con gran tacto de la casa, en lo que cooperé cuanto me fué posible, pues en esos veinte días transcurridos no había sido mi preocupación menor, pensar en la discreción de que debía yo hacer gala en esa primera entrevista.

Todo fué a pedir de boca, no obstante.

—Y Vd.—me dijo la madre sonriendo—¿ha descansado del todo de las fatigas que le hemos dado?

—Oh, era muy poca cosa!… Y aún—concluí riendo también—estaría dispuesto a soportarlas de nuevo…

María Elvira se sonrió a su vez.

—Vd. sí; pero yo, no, le aseguro!

La madre la miró con tristeza: