—¿Quién, Ayestarain?

—Sí, él.

Me miró titubeando al principio. Luego, plenamente en los ojos, seria:

—Sí—me contestó.

—¡Ah, ya me lo esperaba!… Por lo menos ese tiene suerte…—murmuré, ya amargado del todo.

—¿Por qué?—me preguntó.

Sin responderle, me encogí violentamente de hombros y miré a otro lado. Ella siguió mi vista. Pasó un momento.

—¿Por qué?—insistió, con esa obstinación pesada y distraída de las mujeres, cuando comienzan a hallarse perfectamente a gusto con un hombre. Estaba ahora, y estuvo durante los breves momentos que siguieron, de pie, con la rodilla sobre el silloncito. Mordía un papel—jamás supe de dónde pudo salir—y me miraba, subiendo y bajando imperceptiblemente las cejas.

—¿Por qué?—repuse al fin.—Porque él ha tenido por lo menos la suerte de no servir de muñeco ridículo al lado de una cama, y puede hablar seriamente, sin ver subir y bajar las cejas como si no se entendiera lo que digo…¿comprende ahora?

María Elvira me miró unos instantes pensativa, y luego movió negativamente la cabeza, con su papel en los labios.