—¿Se va? ¿Y adónde?
—A Norte América… Acabo de decírselo.
—¡Ah!—murmuró, marcando bien claramente la contracción de los labios. Pero en seguida me miró, inquieta.
—¿Está enfermo?
—¡Pst!… no precisamente… No estoy bien.
—¡Ah!—murmuró de nuevo. Y miró hacia afuera a través de los vidrios, abriendo bien los ojos, como cuando uno pierde el pensamiento.
Por lo demás, llovía en la calle, y la antesala no estaba clara.
Se volvió a mí.
—¿Por qué se va?—me preguntó.
—¡Hum!—me sonreí—Sería muy largo, infinitamente largo de contar…
En fin, me voy.