—¿Tú sabes la gravedad del estado de tu madre?

—Sí… Los médicos me habían dicho…

El la miró fijamente.

—Es que está mucho peor de lo que imaginas.

Lidia se puso lívida, y mirando afuera entrecerró los ojos y se mordió los labios en un casi sollozo.

—¿No hay médico aquí?—murmuró.

—Aquí no, ni en diez leguas a la redonda; pero buscaremos.

Esa tarde llegó el correo cuando estaban solos en el comedor, y Nébel abrió una carta.

—¿Noticias?—preguntó Lidia levantando inquieta los ojos a él.

—Sí—repuso Nébel, prosiguiendo la lectura.