Vezzera me miró como miran los tuberculosos condenados al reposo, a un hombre fuerte que no se jacta de ello. Y en realidad, creo que ya se precipitaba su tisis.
Se observó en seguida las manos sudorosas, que le temblaban.
—Hace días que las noto más flacas… ¿Sabes por qué no quieres ir más? ¿Quieres que te lo diga?
Tenía las ventanas de la nariz contraídas, y su respiración acelerada le cerraba los labios.
—¡Vamos! No seas… cálmate, que es lo mejor.
—¡Es que te lo voy a decir!
—¿Pero no ves que estás delirando, que estás muerto de fiebre?—le interrumpí. Por dicha, un violento acceso de tos lo detuvo. Lo empujé cariñosamente.
—Acuéstate un momento… estás mal.
Vezzera se recostó en mi cama y cruzó sus dos manos sobre la frente.
Pasó un largo rato en silencio. De pronto me llegó su voz, lenta: