Aunque el tono de la exclamción no pedía respuesta, María quedó un instante en suspenso, como si la esperara. Vi que Vezzera me devoraba con los ojos.
—Aunque deba avergonzarme eternamente—repuse—confieso que hay algo de verdad…
—¿No es verdad?—se rió ella.
Pero ya en el movimiento de los pies y en la dilatación de las narices de Vezzera, conocí su tensión de nervios.
—Dile que te diga—se dirigió a María—por qué realmente no quería venir.
Era tan perverso y cobarde el ataque, que lo miré con verdadera rabia. Vezzera afectó no darse cuenta, y sostuvo la tirante expectativa con el convulsivo golpeteo del pie, mientras María tornaba a contraer las cejas.
—¿Hay otra cosa?—se sonrió con esfuerzo.
—Sí, Zapiola te va a decir…
—¡Vezzera!—exclamé.
—… Es decir, no el motivo suyo, sino el que yo le atribuía para no venir más aquí… ¿sabes por qué?