Su mujer no dijo nada; pero Kassim la sintió respirar hondamente sobre el solitario.
—Una agua admirable…—prosiguió él—costará nueve o diez mil pesos.
—Un anillo!—murmuró María al fin.
—No, es de hombre… Un alfiler.
A compás del montaje del solitario, Kassim recibió sobre su espalda trabajadora cuanto ardía de rencor y cocotaje frustrado en su mujer. Diez veces por día interrumpía a su marido para ir con el brillante ante el espejo. Después se lo probaba con diferentes vestidos.
—Si quieres hacerlo después…—se atrevió Kassim.—Es un trabajo urgente.
Esperó respuesta en vano; su mujer abría el balcón.
—María, te pueden ver!
—Toma! ¡ahí está tu piedra!
El solitario, violentamente arrancado, rodó por el piso.