—Me han dicho que sigues tus visitas a lo de Arrizabalaga. ¿Es cierto? Porque tú no te dignas decirme una palabra.
Nébel vió toda la tormenta en esa forma de dignidad, y la voz le tembló un poco.
—Si no te dije nada, papá, es porque sé que no te gusta que hable de eso.
—¡Bah! cómo gustarme, puedes, en efecto, ahorrarte el trabajo…
Pero quisiera saber en qué estado estás. ¿Vas a esa casa como novio?
—Sí.
—¿Y te reciben formalmente?
—C-creo que sí.
El padre lo miró fijamente y tamborileó sobre la mesa.
—¡Está bueno! ¡Muy bien!… Oyeme, porque tengo el deber de mostrarte el camino. ¿Sabes tú bien lo que haces? ¿Has pensado en lo que puede pasar?
—¿Pasar?… ¿qué?