Con el fulgor de su aventura, los caballos habían perdido sinceramente el sentido del tiempo. Las vacas no se dignaron siquiera mirar a los intrusos.

—Los caballos no pueden,—dijo una vaquillona movediza.—Dicen eso y no pasan por ninguna parte. Nosotras sí pasamos por todas partes.

—Tienen soga—añadió una vieja madre sin volver la cabeza.

—¡Yo no, yo no tengo soga!—respondió vivamente el alazán.—Yo vivía en las capueras y pasaba.

—¡Sí, detrás de nosotras! Nosotras pasamos y ustedes no pueden.

La vaquillona movediza intervino de nuevo:

—El patrón dijo el otro día: a los caballos con un solo hilo se los contiene. ¿Y entonces?… ¿Ustedes no pasan?

—No, no pasamos,—repuso sencillamente el malacara, convencido por la evidencia.

—¡Nosotras sí!

Al honrado malacara, sin embargo, se le ocurrió de pronto que las vacas, atrevidas y astutas, impenitentes invasoras de chacras y del Código Rural, tampoco pasaban la tranquera.