—¡Ahí tiene Vd. nuestra escuela!
Y como yo me mostrara[1] un poco admirado de verla tan bonita y aseada, revelando luego que era el edificio predilecto de los vecinos, observé en éstos, al felicitarlos, un sentimiento de justísimo orgullo. El más viejo de los que estaban cerca, me dijo:
—Señor, es él quien merece la enhorabuena; por él la tenemos, y por él saben leer nuestros hijos. Cuando nosotros la levantamos, aconsejados por él, y la concluimos, al verla tan nueva y tan linda, le propusimos que se fuera a vivir en ella, porque le debemos muchos beneficios, y que nos dejara el curato para la escuela, pero se enfadó con nosotros y nos preguntó si él valía acaso más que los niños del pueblo, y si necesitaba ocupar tantas piezas él solo. Nos avergonzamos y conocimos nuestro disparate. Es muy bueno el hermano cura, ¿no le parece a Vd.?
Yo fuí a abrazar al cura en silencio y más conmovido que nunca.
Entramos por fin en la casa del curato, que era pequeña y modesta, pero muy aseada y embellecida con un jardincillo, provista de una cuadra y de un corral. La gente se detuvo en la puerta. Adentro aguardaban al cura el alcalde con algunos ancianos y algunas mujeres de edad. El cura se quitó el sombrero delante del alcalde, dando así un ejemplo del constante respeto que debe tenerse a la autoridad, emanada del pueblo; saludó cariñosamente a las viejas vecinas, y entró conmigo y los hombres a su saloncito, que no era más grande que un cuarto común. Pero antes de entrar, una de las viejas, robusta y venerable vecina, que revelaba en su semblante bondadoso una gran pena, detuvo al cura, y le preguntó en voz baja:
—Hermano cura, ¿lo ha visto Vd. por fin? ¿Está más aliviado? ¿vendrá esta noche?
—¡Ah! sí, Gertrudis,—respondió el cura;—se me olvidaba … lo ví, hablé con él, está triste, muy triste; pero vendrá, me lo ha prometido.
—Pues voy a avisárselo a Carmen para que se alegre,—replicó la anciana… ¡si viera Vd. como ha llorado, hermano cura, temiendo que no viniera! ¡Pobre muchacha!
—Que no tenga cuidado, Gertrudis, que no tenga cuidado.
—Aquí hay algo de amor, amigo mío,—me atreví a decir al cura.