La señora mayor se acercó al cura y le dijo:

—Hermano, Vd. nos había prometido que Pablo vendría… ¡y no ha venido!—La señora concluyó esta frase con la más grande aflicción.

—Sí: ¡no ha venido!—repitió la joven, y dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas.

Pero el cura se apresuró a responderles.

—Hijas mías, yo he hecho lo posible, y tenía su palabra; pero ¿acaso no está entre los muchachos?

—No, señor, no está,—replicó la joven;—ya lo he buscado con los ojos y no lo veo.

—Pero, Carmen, hija,—añadió el alcalde,—no te apesadumbres, si el hermano cura te responde, tu hablarás con Pablo.

—Sí, tío; pero me había dicho que sería hoy, y lo deseaba yo, porque Vd. recuerda que hoy hace tres años que se lo llevaron, y como me cree culpable, deseaba yo en este día pedirle perdón… ¡Harto ha padecido el pobrecito!

—Amigo mío,—dije yo al cura,—¿podría Vd. decirme qué pena aflige a esta hermosa niña y por qué desea ver a esa persona? Vd. me había prometido contarme esto, y mi curiosidad está impaciente.

—¡Oh! es muy fácil,—contestó el sacerdote,—y no creo que ellas se incomoden. Se trata de una historia muy sencilla, y que referiré a Vd. en dos palabras, porque la sé por esta muchacha y por el mancebo en cuestión. Siéntense Vds., hijas mías, mientras refiero estas cosas al señor capitán,—añadió el cura, dirigiéndose a la señora y a Carmen, quienes tomaron un asiento junto al alcalde.