quet conanto ti tao á macang̃eg:
¡ay asipay unay ti gásatna á daques
ta napaay á aoan pateg!
VERSIÓN DE LA ANTERIOR.
Siempre, todas las noches, estoy soñando en tu hermosura, y en mis sueños me figuro quejarme dolorido ante tí; quéjome de los tormentos y pesares que sufro por tí.—Nenang, escucha lo mucho que padezco y lloro amargamente, y porque no soy digno de tí, voy de una vez á poner fin á mis penas.—Sí, hermosura; ya que no espero si no tu cruel desaire, prefiero recibir la muerte, con tal que sea de tus manos.—Mi vida depende de tí; si es tu voluntad, mi respiración cesará; calma ya el dolor de mi corazón quejoso y permite ya que encuentre alivio en tus encantos.—Escucha mis amargos ayes, que aunque yo me muera, mi amor no te abandonará con sus quejas, aún estando ya tu en la tumba.—Mi cadáver hará oir sus llantos atronadores y dirá el hombre que me escuche: ¡pobre es su suerte, porque fué desdeñado!
4.a
AYES DE UN BURLADO.
En mi libro intitulado Ilocanadas[52] escribo:
«Son así los ilocanos: los ricos no suelen tomarse la molestia de cortejar á sus adoradas, lo cual es por cierto muy penoso muchas veces, porque en Ilocos no se permite hablar con las jóvenes; y saludarlas, á veces lo toman por cinismo y nos insultan sólo por ésto; en cambio hay malos correos tan malos como todos los de Filipinas. Por tal motivo los ricos se limitan á comunicar á sus padres sus deseos de casarse con tal señorita, á fin de que ellos, los trasmitan á la familia de ésta, la cual, estimulada con la riqueza del pretendiente, suele aceptarlos, aún sin consentimiento de la jóven, que no siempre lo aprueba, por tener ya otro novio de su cuenta y riesgo.»
Esto mismo ocurrió á dos jóvenes que se amaban con delirio y cuando menos lo pensaban, la señorita se vió obligada por sus propios padres á casarse con otro, y ahora, ¿qué diría el amante burlado á su amada? El pobre no pudo manifestar su odio y dolor, y hubo de suplicar á Florentino se hiciese eco de lo que sentía, y esta señora escribió la siguiente poesía. Admira que una mujer haya podido interpretar fielmente lo que debía sentir un hombre y no una mujer. ¡Lastima que los lectores europeos no comprendan el idioma ilocano, y sobre todo las especialidades del gusto literario de estos malayos, porque es imposible traducir dicha composición con la debida fidelidad, para que no se mermen sus bellezas.