La casa de este ilustre tebano era más bien el asilo que el santuario de la pobreza; en ella reinaba con la alegría pura de la inocencia, con la paz inalterable de la dicha; reinaba en fin con tales virtudes, y con tal desprendimiento de las grandezas que parece increíble. Un día le encontramos acompañado de muchos amigos suyos que había juntado, y les decía: «Esfodrias tiene una hija en edad de tomar estado; pero él es tan pobre que no puede dotarla, y por lo mismo he dispuesto que cada uno de vosotros contribuya a esto en proporción de sus haberes. Me veo precisado a no salir de casa en algunos días, pero al momento que salga os presentaré a este honrado ciudadano. Justo es que reciba de vosotros este beneficio, y que conozca al mismo tiempo a sus autores». Todos se conformaron con lo que había dispuesto, y se despidieron de él dándole gracias por su confianza. Timágenes, inquieto al oír su intento de no salir de casa, le preguntó el motivo, y Epaminondas respondió francamente: «Tengo que hacer lavar mi manto». En efecto, no tenía más que uno.
Siendo un celoso discípulo de Pitágoras, imitaba su frugalidad en términos que se había prohibido el uso del vino, y su alimento ordinario solía ser un poco de miel. La música que aprendió de muy hábiles maestros era algunas veces su encanto a las horas de descanso. Sobresalía en tocar la flauta y en los convites, donde le rogaban para que cantase, cuando le tocaba el turno se lucía acompañando el canto con su lira.
Jamás pretendió ni rehusó los cargos públicos: más de una vez sirvió como simple soldado a las órdenes de generales inexpertos que fueron preferidos a él por la intriga, y más de una vez las tropas sitiadas en su campo, y reducidas a los más lamentables extremos, imploraron su auxilio. Entonces dirigía las operaciones, rechazaba al enemigo, y volvía tranquilamente con el ejército a sus hogares sin acordarse de la injusticia de su patria ni del servicio que acababa de hacer.
Teníamos frecuentes ocasiones de ver a Polimnis, padre de Epaminondas. Los tebanos habían encargado a este respetable anciano que velase sobre el joven Filipo, hermano de Pérdicas, rey de Macedonia. Habiendo pacificado Pelópidas las turbulencias de este reino, recibió a este príncipe en rehenes con treinta jóvenes nobles de Macedonia. Filipo, de edad de cerca de dieciocho años, reunía ya el talento al deseo de agradar. Al verle causaba admiración su hermosura, no menos su talento, su memoria y su elocuencia al escucharle, pues sus gracias daban encantos a sus palabras. Siempre al lado de Epaminondas, estudiaba en el genio de este grande hombre el secreto de llegarlo a ser un día; escuchaba y aprendía con afán sus discursos, así como sus ejemplos, y en esta excelente escuela aprendió a moderarse, a oír la verdad, a retractar sus errores, a conocer a los griegos y a sujetarlos.
CAPÍTULO VI.
Partida de Tebas. — Llegada a Atenas. — Habitantes del Ática.
(Año 362 antes de J. C.) Ya dije que no quedaba a Timágenes más que un sobrino y una sobrina establecidos en Atenas. El sobrino se llamaba Filotas y la sobrina Epicaris, la cual se casó con un rico ateniense llamado Apolodoro. Vinieron a Tebas en los primeros días de nuestra llegada, y siendo Filotas de la misma edad que yo, me uní a él y fue mi guía, mi compañero y amigo.
Al separarnos nos hicieron darles palabra de que iríamos pronto a juntarnos con ellos; nos despedimos de Epaminondas algún tiempo después con un sentimiento de que él se dignó participar, y pasamos sin detención a Atenas, donde hallamos en casa de Apolodoro las satisfacciones y socorros que podíamos esperar de sus riquezas y su crédito.
A la mañana siguiente a mi llegada, fijé mi atención en ver la ciudad, y durante algunos días admiré sus monumentos y recorrí sus cercanías.
Atenas está como dividida en tres partes, a saber: la ciudadela, construida sobre un peñasco; en torno de este se halla situada la ciudad; y por último los puertos de Falero, de Muniquia y del Pireo. El circuito de la ciudad, comprendiendo en ella los tres puertos que están dentro de sus murallas, y muchísimas casas, templos y monumentos de toda especie, se considera de cerca de doscientos estadios (siete leguas y catorce toesas). El suelo es sumamente desigual: las calles en general son tortuosas, y la mayor parte de las casas, pequeñas y poco cómodas. A primera vista, los extranjeros buscan en Atenas aquella ciudad tan célebre en el universo, pero su admiración se aumenta insensiblemente cuando examinan a su placer aquellos templos, aquellos pórticos y aquellos edificios públicos donde todas las artes se han disputado la gloria de embellecerlos. Alrededor de la ciudad serpentean el Iliso y el Cefiso, y cerca de sus orillas se ven varios paseos públicos.