CAPÍTULO VII.

Asistencia en la Academia.

Luego que hube visto, aunque rápidamente, las curiosidades de la ciudad de Atenas, mi huésped Apolodoro me propuso que fuese a la Academia.

Atravesamos un barrio de la ciudad, llamado el Cerámico o las Tejeras y, saliendo por la puerta Dípilon nos hallamos en los campos denominados también cerámicos; allí vimos a lo largo del camino muchos sepulcros entre los cuales sobresalían el de Pericles y los de algunos atenienses a quienes concedieron honores después de su muerte, cual si hubiesen perdido la vida en las batallas.

La Academia solo dista de la ciudad seis estadios (un cuarto de legua). Era antes un solar que pertenecía a un tal Academo, y en la actualidad se ve allí un gimnasio y un jardín cercado de tapias, adornado con paseos cubiertos y deliciosos, y hermoseado con las aguas que corren a la sombra de los plátanos y de otras muchas especies de árboles. A la entrada está el altar del Amor y la estatua de este dios, y en lo interior se ven los altares de otras muchas divinidades. No lejos de allí ha fijado Platón su residencia, cerca de un templete consagrado a las Musas. Concurre todos los días a la Academia, y nosotros le encontramos allí en medio de sus discípulos.

Aunque tenía ya cerca de sesenta y ocho años, conservaba aún cierta viveza en el rostro. La naturaleza le había dotado de un cuerpo robusto: sus largos viajes alteraron su salud, pero la había restablecido con un régimen austero y solo se notaba en él una melancolía habitual, cual la tuvieron Sócrates, Empédocles y otros hombres ilustres. Recibiome con tanta urbanidad como sencillez, me hizo un elogio sublime del filósofo Anacarsis, de quien yo desciendo, y aunque se expresaba con lentitud, parecía que salían de sus labios las gracias de la persuasión. Voy a añadir oportunamente algunas particularidades que me contó entonces Apolodoro.

«La madre de Platón», me dijo, «era de la misma familia que Solón, y su padre atribuía su origen a Codro, último de nuestros reyes, que murió hace ya cerca de setecientos años. Dotado de una imaginación fuerte y fecunda, compuso en su juventud ditirambos, se ejercitó en el género épico, y habiendo comparado sus versos con los de Homero los quemó luego. Compuso en seguida algunas tragedias; pero en tanto que los actores se preparaban para representarlas, conoció a Sócrates, recogió sus piezas y se dedicó enteramente a la filosofía. Estrechado por la necesidad de ser útil a los hombres, resolvió aumentar sus conocimientos y consagrarse a la instrucción nuestra. Con esta mira pasó a Mégara en Italia, a Cirene en Egipto, y a todos los países donde el entendimiento humano había hecho progresos.

»Tenía cerca de cuarenta años cuando hizo el viaje a Sicilia para ver el Etna. Dionisio, tirano de Siracusa, deseó conversar con él, pero durante la conversación se atrevió a decir Platón que no hay hombre tan cobarde y desgraciado como un príncipe injusto, y Dionisio encolerizado le dijo: “Hablas como un delirante”. “Y tu como un tirano”, respondió Platón. Poco faltó para que esta respuesta le costase la vida, y Dionisio no le permitió que se embarcase hasta que exigió en secreto del capitán del buque la promesa de que le echaría al mar, o le vendería como un vil esclavo. Fue vendido en efecto, rescatado y vuelto a su patria.

»A su regreso se ocupó en recoger las luces esparcidas en los países que había recorrido; y coordinando las opiniones de los filósofos que le habían precedido, compuso un sistema que desenvolvió en sus escritos y conferencias. Sus obras están en forma de diálogo, Sócrates es el principal interlocutor, y se dice que valiéndose de este nombre, acredita las ideas que él ha concebido o adoptado».

Cuando Apolodoro acababa de hablar le pregunté: «¿Quién es ese joven flaco y seco que está cerca de Platón, que tartamudea y tiene los ojos pequeños y centelleantes?». «Ese», me dijo, «es Aristóteles de Estagira, hijo de un médico amigo de Amintas, rey de Macedonia: no conozco a nadie que tenga tanto talento y aplicación. Platón le distingue entre todos sus discípulos, y solo le reprende el ser muy pulcro en el vestido.