Los días siguientes fueron destinados al ejercicio de las tropas. Encontramos cerca del monte Anquesmo un cuerpo de diez mil seiscientos hombres de infantería, pesadamente armados y formados a dieciséis de fondo y ciento de frente. A este cuerpo se juntaba un número determinado de armados a la ligera.
Los mejores soldados estaban en las primeras y últimas filas, y en particular los jefes de fila y los cabos eran todos hombres distinguidos por su bravura y su experiencia. Mandaba los movimientos uno de los oficiales, que decía en voz alta: Tomen las armas. — Criados, salid de la falange. — Pica arriba. — Pica abajo. — Estrechen las filas. — Alinearse. — Tomen distancias. — A derecha. — A izquierda. — Pica tras el escudo. — Marchen. — Alto. — Doblen las filas. — Estrecharse. — Evolución lacedemónica, etc.
A la voz de este oficial se veía la falange obedecer y ejecutar los movimientos. Se la veía presentar unas veces una línea continuada, otras cortada, cuyos espacios ocupaban algunas veces los armados a la ligera, y tomar en fin por medio de las evoluciones prescritas todas las formas de que es susceptible, y marchar formada en columna, en cuadro perfecto, en cuadrilongo ya de centro vacío, ya lleno, etc.
Apenas habían acabado estas maniobras, cuando vimos levantarse a lo lejos una polvareda. Los puestos avanzados anunciaron la proximidad del enemigo, que era otro cuerpo de infantería que acababa de hacer el ejercicio en el Liceo, y se había propuesto llegar a las manos con el primero para ofrecer el simulacro de un combate. Al punto gritan al arma y los soldados corren a sus puestos. Suena luego la trompeta dando la señal, las tropas entonan el himno marcial, el general da la voz del combate, y apenas la oyen repiten todos los soldados: «¡Eleleu! ¡Eleleu!». Después de la acción los vencedores hicieron resonar por todas partes la palabra alalé, que es el grito de la victoria.
Retirámonos a media noche, y la mañana siguiente y durante muchos días consecutivos vimos los de a caballo hacer diferentes ejercicios en el Liceo y cerca de la Academia.
El ejército se preparaba para salir, por cuyo motivo se veían muchas familias consternadas. Mientras que las madres y esposas se entregaban al temor, los embajadores de Lacedemonia nos hablaban del valor que en estas ocasiones manifestaban las espartanas. Un soldado nuevo decía a su madre enseñándole su espada: «Es demasiado corta». «Pues bien», le respondía ella, «darás un paso más». Otra, dando un escudo a su hijo, le dijo: «Vuelve con él o sobre él».
Asistieron las tropas a las fiestas de Dioniso, en cuyo día se hacia una ceremonia propia de las circunstancias, y la presenció el senado, un número infinito de ciudadanos de todas clases y de extranjeros de varios países.
CAPÍTULO XI.
Concurrencia al teatro.
(Año 362 antes de J. C.) El último día de las fiestas de Dioniso vi una tragedia, y tanta fue la confusión de ideas que se agolparon a mi mente que solo puedo hacer de ello una pintura rápida.