La clase inmediata a la de los sacerdotes es la de los adivinos, cuya profesión honra y mantiene el estado en el Pritaneo. Suponen que leen lo futuro en el vuelo de las aves y en las entrañas de las víctimas. Van siempre con los ejércitos, y de sus decisiones, compradas algunas veces a excesivo precio, dependen muchas veces las revoluciones de los gobiernos y las operaciones militares. Hay adivinos por toda la Grecia, pero los más famosos son los de la Élide, donde hace muchos siglos que dos o tres familias se transmiten de padres a hijos el arte de predecir los acontecimientos y suspender las calamidades de los mortales.

La incredulidad de los atenienses ha hecho rápidos progresos de tres siglos a esta parte. Desde que los griegos recibieron las luces de la filosofía, algunos de ellos admirados de las irregularidades y de los escándalos de la naturaleza, no pudieron dejar de sorprenderse también de no encontrar la solución de ello en el sistema informe de la religión que habían seguido hasta entonces. Sucedieron las dudas a la ignorancia y produjeron opiniones licenciosas que la juventud abrazó con ansia, pero sus autores se convirtieron luego en objeto del odio público, y puedo citar muchos juicios en que los tribunales de Atenas han pronunciado sentencias contra el crimen de impiedad, hace cerca de un siglo.

El poeta Esquilo fue denunciado por haber revelado en una de sus tragedias lo vergonzoso de sus misterios, y su hermano Amenias trató de conmover a los jueces mostrando las heridas que había recibido en la batalla de Salamina. Este medio no hubiera quizás bastado si Esquilo no hubiese probado claramente que no estaba iniciado.

El filósofo Diágoras, acusado de haber revelado los misterios y negado la existencia de los dioses, tuvo que huir de su patria. Prometieron recompensa al que le entregase muerto o vivo, y el decreto que le cubría de infamia quedó grabado sobre una columna de bronce.

Protágoras, uno de los más ilustres sofistas de su tiempo, habiendo empezado una de sus obras con estas palabras: No sé si hay dioses o no, fue procesado criminalmente y tuvo que fugarse. Buscáronse sus escritos en las casas particulares y fueron quemados en la plaza pública.

Pródico de Ceos fue condenado a beber la cicuta por haberse atrevido a decir que los hombres habían puesto en la clase de los dioses a aquellos seres de los que sacaban utilidad, tales como el sol, la luna, las fuentes, etc.

La facción opuesta a Pericles, no atreviéndose a atacarle abiertamente, resolvió perderle valiéndose de medios indirectos. Era amigo de Anaxágoras, quien admitía una inteligencia suprema, y en virtud de un decreto expedido contra aquellos que negaban la existencia de los dioses, Anaxágoras fue encerrado en una cárcel. Tuvo a favor suyo algunos votos más que su acusador, debiendo esta dicha a los ruegos y las lágrimas de Pericles, que le hizo salir de Atenas; y a no ser por el crédito de su protector, el más religioso de los filósofos hubiera sido apedreado como ateo.

Ya hemos visto que Alcibíades fue acusado de haber mutilado en una noche las estatuas de Hermes, antes de embarcarse para la expedición de Sicilia; que fue citado en juicio al tiempo de marchar para apoderarse de Mesina, y que habiéndose negado a comparecer le condenaron a muerte. Algún tiempo después ocurrió el juicio de Sócrates, para lo cual sirvió de pretexto la religión, acerca de lo cual hablaré después.

Los atenienses no son más indulgentes en cuanto al sacrilegio. Las leyes imponen la pena de muerte por este crimen y privan al delincuente de los honores de la sepultura. Parece increíble que se hayan visto ciudadanos condenados a perecer, los unos por haber arrancado un arbolito en el bosque sagrado, y los otros por haber muerto no sé qué ave consagrada a Esculapio. Óigase un hecho aún más horroroso. Habiéndose caído una hoja de oro de la corona de Artemisa, la recogió un niño, y, atendida su corta edad, fue preciso hacer prueba de su discernimiento: presentáronle de nuevo la hoja con unos dados, un sonajero y una moneda grande de plata, y habiendo echado mano al instante a la moneda, los jueces declararon que tenía ya bastante entendimiento para ser culpado y le condenaron a muerte.

CAPÍTULO XXI.