Al día siguiente bajamos a la llanura para ver las carreras de caballos y carros. El hipódromo, nombre que dan al espacio que se debe recorrer, es tan vasto que en él se ven algunas veces hasta cuarenta carros disputarse la victoria. Vimos partir diez a un tiempo de la barrera, y solo volvieron unos cuantos, porque los demás se estrellaron y rompieron contra la meta o en medio de la carrera. Acabadas las corridas subimos otra vez a Delfos para ser testigos de los honores fúnebres que debían hacer a los manes de Neoptólemo y de la ceremonia que debía precederlos. Después fuimos a un banquete, al cual estaban convidados los sacerdotes, los principales habitantes de Delfos y los diputados de otras ciudades de la Grecia. Este convite fue suntuosísimo y muy largo. Hubo tocadores de flauta; un coro de tesalias cantaron tonadas tiernas, y los tesalios nos presentaron la imagen de los combates en sus danzas ejecutadas diestramente. Algunos días después subimos hasta el manantial de la fuente Castalia, cuyas aguas puras y de una frescura deliciosa forman bellas cascadas por la falda de la montaña. De allí, continuando nuestro camino hacia el norte, llegamos a la cueva de Coricio, llamada también la gruta de las ninfas porque les está consagrada lo mismo que a los dioses Dioniso y Pan. Aunque profunda, está clara toda ella, pues entra bien la luz del día por varias partes. Es tan espaciosa que cuando la expedición de Jerjes, la mayor parte de los habitantes de Delfos tomaron el partido de refugiarse en ella. Enseñáronnos en las cercanías otras varias grutas que excitan la veneración de los pueblos, porque en estos lugares solitarios todo está consagrado y poblado de genios.

Cerca de Panopea, ciudad situada en los confines de la Fócida y la Beocia, alcanzamos a ver unos carros llenos de mujeres que se apeaban y danzaban en corro. Nuestros guías las conocieron y nos dijeron que eran las tíades atenienses, mujeres iniciadas en los misterios de Dioniso. Van todos los años a juntarse con las de Delfos, para subir todas juntas a las cumbres del Parnaso, y celebrar allí con furor las orgías de aquel dios. Continuando nuestro camino entre montañas aglomeradas unas sobre otras, llegamos al pie del monte de Licorea, el más alto de todos los del Parnaso y quizás de los de Grecia. Intentamos subir a él pero, después de dar muchas caídas, conocimos que si bien es fácil de subir hasta ciertas alturas del Parnaso, es dificilísimo llegar a la cumbre. Bajamos pues y fuimos a Elatea, ciudad principal de la Fócida, que defiende aquella reducida provincia de las incursiones de los tesalios.

Al norte y al este del Parnaso se encuentran deliciosas llanuras regadas por el Cefiso, que nace al pie del monte Eta encima de la ciudad de Lilea. Corre sereno dando vueltas y revueltas en su curso, en medio de campiñas pobladas de diversas especies de árboles y cubiertas de granos y pastos diferentes. Parece que, apasionado a sus mismos beneficios, no acierta a salir de los sitios que hermosea. Los demás distritos de la Fócida se distinguen por diversas producciones particulares. Son muy estimados el aceite de Titorea y el eléboro de Anticira, ciudad situada en la costa del mar de Corinto. No lejos de allí, los pescadores de Bulis recogen aquellas conchas preciosas con que se tiñe la púrpura. Más arriba vimos en el valle de Ambriso ricos viñedos y muchos árboles, de los que producen aquellos granitos que dan a la lana un hermoso encarnado.

CAPÍTULO XXII.

Acontecimientos memorables en la Grecia, desde el año 361 hasta el de 357 antes de J. C. — Muerte de Agesilao, rey de Lacedemonia. — Advenimiento de Filipo al trono de Macedonia. — Guerra social.

Mientras estábamos en los juegos olímpicos, oímos hablar varias veces de la última expedición de Agesilao, y cuando regresamos supimos su muerte.

No pudiendo tolerar la idea de una vida quieta y de una muerte oscura, a pesar de sus ochenta años, al frente de mil lacedemonios se fue a servir bajo las órdenes de Teos, rey de Egipto, para hacer la guerra al rey de Persia. Esperábanle con impaciencia los egipcios, y a su llegada los principales de ellos se apresuraron a reunirse a un héroe que hacía muchos años que era famoso en el orbe; pero quedaron sorprendidos cuando vieron en la playa un anciano bajito, de figura despreciable, sentado en el suelo en medio de algunos espartanos, cuyo exterior tan desaliñado como el de su jefe no distinguía los súbditos del soberano. Los oficiales de Teos ostentan a sus ojos los presentes de la hospitalidad, que consistían en diversas provisiones, y Agesilao tomando algunos alimentos groseros distribuyó entre los esclavos los manjares más delicados y los perfumes. Echáronse entonces a reír a carcajadas muchos de los espectadores, pero los más prudentes se contentaron con manifestar su desprecio.

Otros disgustos más sensibles pusieron en breve su paciencia a prueba. Teos se negó a darle el mando de sus tropas y desdeñó sus consejos. Agesilao esperaba, pues, la ocasión de salir del envilecimiento a que estaba reducido, y no tardó en presentársele. Habiéndose sublevado el ejército egipcio, formó dos partidos que querían destronar a Teos y nombrar otro rey. El de Esparta se declaró por Nectanebo, uno de los aspirantes al trono; dirigiole en sus operaciones, y después de haber consolidado su autoridad, salió de Egipto colmado de honores y con una suma de doscientos talentos que el nuevo rey enviaba a los lacedemonios. Obligole a saltar en tierra en la costa desierta de Libia una tempestad violenta, y allí murió de edad de ochenta y cuatro años. Al cabo de dos después de su muerte, sobrevino un suceso del cual no hicieron caso los atenienses, aunque debía mudar el semblante de las cosas de Grecia y de todo el mundo conocido.

Muerto Pérdicas, rey de Macedonia, que pereció con la mayor parte de su ejército en una batalla contra los ilirios, Filipo su hermano, a quien yo vi en rehenes de los tebanos, burló la vigilancia de sus guardias, volvió a Macedonia y, aunque no tenía más de veintidós años, fue nombrado tutor del hijo de este príncipe. Estaba entonces amenazada de próxima ruina la Macedonia, ya por las divisiones y guerras extranjeras, ya por estar agotadas sus rentas, y ya por el desaliento de las tropas. No se espanta Filipo de esta crítica situación del reino, antes bien se propone hacer de su nación lo que había hecho de la suya Epaminondas, su modelo. Algunos triunfos, aunque insignificantes, enseñan al soldado a considerarse capaz de defenderse: la administración se arregla más y más, la falange de Macedonia adquiere nueva forma, los peonios que ocupaban las fronteras son ganados con dádivas y se retiran: el rey de Tracia sacrifica a Pausanias, que aspiraba a la corona, y los atenienses, que habían auxiliado a Argeo, quedan derrotados y sus prisioneros libres, sin rescate.

Persuadidos los macedonios de que solo debía gobernarlos aquel que podía y sabía defenderlos, despojaron de la autoridad soberana al hijo de Pérdicas y diéronsela a Filipo. Animado este príncipe con la elección que en él había recaído, reunió a su reino una parte de la Peonia, derrotó a los ilirios y los redujo a sus antiguos límites. Poco tiempo después se apoderó de Anfípolis, plaza importante para el comercio de Atenas con la alta Tracia, pero nada aumentó más el poder de Filipo que el descubrimiento de algunas minas de oro que hizo explotar y de las que sacó más de mil talentos. En tanto hicieron liga la ciudad de Bizancio y las islas de Quíos, de Cos y de Rodas, para sustraerse a la dependencia de los atenienses, y empezó la guerra por el sitio de Quíos. Comandaba Cabrias la escuadra ateniense y Cares el ejército terrestre. El primero, incapaz de moderar su ardor, entró solo en el puerto y fue inmediatamente embestido por la escuadra enemiga. Al cabo de una defensa obstinada, se echaron a nado sus soldados para alcanzar las otras galeras, y aunque él podía seguir su ejemplo prefirió perecer antes que abandonar su nave.