Muchos de estos, bajo el nombre de Argonautas, concibieron el proyecto de pasar a un clima lejano para apoderarse de los tesoros de Eetes, rey de Cólquida, y llevaron a cabo su empresa arrostrando los peligros de una larga navegación por mares desconocidos. Entre aquellos héroes se hallaba Jasón, que sedujo y arrebató a Medea, hija de Eetes; Cástor y Pólux, hijos de Tindáreo, rey de Esparta; Peleo, rey de la Ftía y padre de Aquiles, que le excedió en valor; el poeta Orfeo y, últimamente, Heracles, mortal el más ilustre. Este héroe, tan célebre en la historia, descendía de los reyes de Argos: y se dice que era hijo de Zeus y de Alcmena, esposa de Anfitrión; que venció al león de Nemea, al toro de Creta, al jabalí de Erimanto, a la hidra de Lerna y a algunos monstruos aún más feroces: a Busiris, rey de Egipto, que por su propia mano quitaba la vida a los extranjeros; a Anteo de Libia, que les daba muerte después de vencerlos en la lucha; a los gigantes de Sicilia, los centauros de Tesalia y todos los bandidos de la tierra, cuyos límites fijó por occidente, así como lo hizo Dioniso por la parte oriental. Añaden que separó montañas, y abrió estrechos para reunir los mares, y que mediante su poder triunfaron los dioses en la batalla con los gigantes. Su historia es un ensarte de prodigios, o más bien la historia de todos cuantos han tenido su nombre, y sufrido iguales trabajos. Exagerando sus hazañas y atribuyéndolas todas a un solo hombre, se le han atribuido también todas las grandes empresas, cuyos autores se ignoraban; se le ha ensalzado, en fin, hasta quererle hacer superior a la especie humana, cuando solo es un fantasma de grandeza elevada entre el cielo y la tierra, como para llenar su intervalo.

Otro de los héroes fue Teseo, hijo de Egeo, rey de Atenas, y de Etra, hija del sabio Piteo, que gobernaba en Trecén. Venció al cruel Sinis, que ataba los vencidos a las ramas de los árboles, que curvaba con esfuerzo, y que se enderezaban cargadas con los miembros ensangrentados de aquellos infelices; a Esciro, que precipitaba los viajeros al mar desde una alta montaña; y a Procusto, que los tendía en un catre de hierro, cuya longitud debía ser exacta con la de sus cuerpos, y la acortaba o prolongaba dándoles horrorosos tormentos. A todos estos bandidos les hizo morir en los mismos suplicios que ellos inventaron. Deshizo la facción de los Palántidas, que querían usurpar el trono a su padre; marchó luego a los campos de Maratón, asolados muchos años hacía por un furioso toro; le domó y presentole encadenado ante los atenienses, no menos absortos de la victoria que espantados del combate.

Minos, rey de Creta, acusó a los atenienses de haber dado muerte a su hijo Androgeo, y obligoles a la fuerza a entregarle en ciertos plazos un número de mancebos y doncellas que debían ser encerrados en el laberinto de Creta, y entregados a la voracidad del Minotauro, monstruo medio hombre y medio toro, nacido de los amores infames de Pasífae, reina de Creta. Toma Teseo a su cargo la ardua empresa de libertar a su afligida patria de aquel tributo vergonzoso, y poniéndose en el número de las víctimas se embarca para Creta. Apenas llega al terrible laberinto, mata al monstruo y sale del encierro con sus jóvenes compatriotas, favorecido por Ariadna, hija del rey, la cual le dio un hilo que le sirvió de guía para salir del laberinto. Siguiole la princesa, y experimentó después el dolor de verse abandonada por él en las playas de Naxos. Tal es la relación de los atenienses acerca de estos hechos. Los cretenses dicen, al contrario, que los rehenes estaban destinados a los vencedores en los juegos celebrados en honor de Androgeo; que Teseo obtuvo permiso para entrar en lid, que venció a Tauro, general de las tropas de Minos, y que el príncipe fue tan generoso que hizo justicia a su valor y perdonó a los atenienses.

Apenas subió este héroe al trono de su padre Egeo, cambió la faz del gobierno de los atenienses convirtiéndose en democrático. Las doce ciudades o pueblos del Ática no tuvieron ya magistrados particulares. Atenas se hizo metrópoli y centro del estado, y el poder legislativo únicamente residió desde entonces en la asamblea general de la nación, compuesta de los nobles, agricultores y artesanos. Instituyose al mismo tiempo que Teseo, a la cabeza de la república, haría ejecutar las leyes y tendría el mando supremo del ejército.

Después de haber dado Teseo la libertad a su patria, y ensanchado los límites del estado, se cansó de los pacíficos homenajes de sus conciudadanos y contrajo amistad íntima con Heracles y Pirítoo, anhelante como ellos de acometer empresas célebres. Triunfó de las amazonas en las orillas del Termodonte y en las llanuras del Ática; concurrió a la caza del enorme jabalí de Calidón, y se distinguió contra los centauros de Tesalia, aquellos hombres audaces, los primeros que se ejercitaron en los combates a caballo.

En medio de tantas acciones gloriosas, resolvió de acuerdo con Pirítoo el robo de Helena, princesa de Esparta, y de Perséfone, hija del rey de los molosos. Solo pudieron ejecutar este vergonzoso proyecto en cuanto a la primera; pero después de haberse fugado con ella de Lacedemonia, fueron detenidos en Epiro, cuyo rey hizo que devorasen a Pirítoo unos perros horribles, y que encerrasen a Teseo en una prisión, de que fue liberado por Heracles.

Cuando Teseo regresó a sus estados encontró a su familia cubierta de oprobio por la infame pasión que Fedra, su esposa, tenía a Hipólito, cuyo hijo tuvo él de Antíope, reina de las amazonas. Para complemento de su pena, encontró la ciudad en anarquía por la facción de los Palántidas, y el territorio del Ática asolado por Cástor y Pólux, hermanos de Helena. Siendo ya para los atenienses un objeto de odio y de desprecio, quiso hacer uso de la fuerza para hacerse obedecer; pero este medio no tuvo el éxito que deseaba, y entonces se acogió a la protección del rey Licomedes en la isla de Esciros, donde pereció poco después, bien por accidente, o bien por la traición de aquel príncipe, amigo de Menesteo, sucesor suyo. Muchos siglos después, Cimón, hijo de Milcíades, trasladó los huesos de Teseo a los muros de Atenas, y habiendo construido sobre su sepulcro un templo embellecido por las artes, llegó a ser aquel punto un asilo de los desgraciados.

EDIPO.

Cadmo, arrojado del trono que había elevado, Polidoro, despedazado por las bacantes, y Lábdaco, arrebatado por una muerte temprana sin dejar más que un hijo en la cuna y rodeado de enemigos; tal había sido desde su origen la suerte de la familia real de Tebas cuando Layo, hijo y sucesor de Lábdaco, se casó con Yocasta, hija de Meneceo. Apenas fue celebrado este enlace cuando un oráculo predijo que el hijo que naciese de él sería el asesino de su padre y el esposo de su madre. Nació efectivamente este hijo, y sus padres le condenaron a ser presa de las fieras, dejándole abandonado en una selva; pero habiéndolo encontrado un pastor, lo recogió, y presentole a la reina de Corinto, que le crió en su palacio bajo el nombre de Edipo, adoptándolo por hijo. Siendo ya joven, salió un día de Corinto y tomó el camino de la Fócida; encontró en un sendero un viejo que le mandó con altanería que se apartase, y quiso obligarle a ello a la fuerza. Entonces Edipo se arrojó sobre el viejo, que era Layo, y le quitó la vida.

Después de este funesto accidente, la mano de Yocasta y el reino de Tebas fueron prometidos al que liberase a los tebanos de los salteamientos y horrores de Esfinge, hija natural de Layo, que unida a unos malhechores asolaba el país, detenía a los viajeros haciéndoles preguntas capciosas y enigmáticas, y los extraviaba en lo intrincado del monte Fineo para entregarlos a sus pérfidos compañeros. Edipo adivinó sus enigmas, dispersó y quitó la vida a los facinerosos; Esfinge, despechada, se dio muerte estrellándose contra una roca, y el vencedor se casó con la viuda de Layo.