Díjome Euclides que la escuela de Jonia había difundido por la tierra menos luces que la de Italia, pero que esta había incurrido en desaciertos, de que era natural que se apartase su rival. En efecto, los dos grandes hombres que las fundaron pusieron en sus obras el sello de su ingenio. Tales, distinguido por un juicio profundo, tuvo por discípulos unos sabios que estudiaron la naturaleza por caminos sencillos, y su escuela produjo al fin a Anaxágoras y la más pura teología. Pitágoras, dominado por una imaginación fuerte, fundó una secta de piadosos entusiastas, que al principio solo vieron en la naturaleza proporciones y armonía, y pasando luego de un género de ficciones a otro, dieron origen a la escuela de Elea en Italia y a la más abstracta metafísica.

Esta última escuela debe su origen a Jenófanes de Colofón, en Jonia. De ella han salido muchos filósofos muy distinguidos, a saber: Parménides de Elea, que dio excelentes leyes a su patria; Zenón, que conspiró contra un opresor y murió sin haber querido declarar quiénes eran sus cómplices; Arquitas y Meliso, que mandaron ejércitos; Demócrito de Abdera, en Tracia, que hizo cesión de una parte de sus bienes en favor de uno de sus hermanos para viajar, a ejemplo de Pitágoras, por los pueblos que los griegos tratan de bárbaros y que eran depositarios de las ciencias. Protágoras, que llegó a ser uno de los sofistas más hábiles de Atenas y que terminó siendo acusado de ateísmo y desterrado del Ática.

Entre los autores que han escrito de filosofía no debo omitir a Heráclito de Éfeso, que ha merecido el apodo de Tenebroso por la oscuridad de su estilo. Este hombre de carácter sombrío y de un orgullo insufrible empezó confesando que nada sabía, y acabó diciendo que lo sabía todo. Los de Éfeso quisieron ponerle al frente de su república, a lo cual se negó irritado porque habían desterrado a Hermodoro, su amigo. Le pidieron leyes y contestó que estaban muy corrompidos. Habiéndose hecho odioso a todos, salió de Éfeso y se retiró a los montes, donde solo se alimentaba de hierbas silvestres y no sacaba más fruto de sus meditaciones que el aborrecer más y más a los hombres.

Las obras de estos escritores célebres estaban acompañadas de otras muchas, cuyos autores son menos conocidos. Mientras que yo felicitaba a Euclides por ser el posesor de una colección tan preciosa, vi entrar en la biblioteca un hombre venerable por su aspecto, su edad y su porte. Caíale el cabello suelto por los hombros y tenía la frente ceñida de una diadema y una corona de mirto. Este era Calias, el hierofante o gran sacerdote de Deméter, íntimo amigo de Euclides, quien tuvo la atención de presentarme a él y hablarle en favor mío. Al cabo de algunos momentos de conversación volví yo a mis libros y los repasé con tal asombro que Calias lo notó y me preguntó si gustaría de tener algunas nociones de la doctrina que contenían. Satisfecho de mi respuesta, empezó a hablar de las causas primeras y de los sistemas de los filósofos, haciendo un discurso muy largo por el cual me hizo ver que en la enorme colección que teníamos a la vista las luces más vivas brillaban en medio de la mayor oscuridad, que el exceso del delirio estaba unido a lo profundo de la sabiduría, y que el hombre había desplegado al mismo tiempo la fuerza y la debilidad de su razón. De todo cuanto me dijo y yo escuchaba sin dejar de manifestarle mi sorpresa, me complazco en poder retener estas hermosas palabras: «Acordaos, hijo mío, que la naturaleza está cubierta con un velo de bronce, que los esfuerzos reunidos de todos los hombres y de todos los siglos no bastan para poder levantar el borde de este velo, y que la ciencia del filósofo consiste en discernir el punto donde empiezan los misterios y la sabiduría, en respetarlos».

CAPÍTULO XXIX.

Continuación de la biblioteca. — La astronomía y la geografía.

Se fue Calias luego que hubo concluido su discurso, y Euclides, dirigiéndose a mí, me dijo: «Hace mucho tiempo que he mandado buscar en Sicilia la obra de Petrón de Hímera, quien no solamente admitía la pluralidad de los mundos, sino que contaba ciento ochenta y tres. Siguiendo el ejemplo de los egipcios comparaba el universo a un triángulo: ponía sesenta mundos a cada lado y los tres restantes en los tres ángulos. En medio del triángulo es el campo de la verdad: allí, en una inmovilidad profunda, residen los ejemplares y las relaciones de las cosas que han existido y de las que existirán. Alrededor de estas esencias puras está la eternidad, de cuyo seno emana el tiempo que, semejante a un arroyo inagotable, corre y se difunde en esta multitud de mundos».

«Antes que vuestros filósofos», interrumpí yo, «hubiesen producido a lo largo tanta multitud de mundos, habían conocido con todos sus pormenores el que nosotros habitamos, y creo que no hay entre nosotros un cuerpo, del cual no hayan determinado la naturaleza, la magnitud y el movimiento». «Cada uno de ellos ha fundado su sistema. Habiéndose atrevido a decir Anaxágoras, en tiempo de nuestros padres, que la Luna era una tierra casi semejante a la nuestra y el Sol una tierra inflamada, lo tuvieron por impío y se vio en la precisión de huir de Atenas, pues el pueblo quería poner estos dos astros en la clase de los dioses».

«¿Y cómo se ha probado», dije yo, «que la Luna es semejante a la tierra?». «No se ha probado», me respondió, «pero así se ha creído. Hubo uno que dijo: “si hay montes en la Luna, la sombra de ellos en su superficie será quizás las manchas que a nuestra vista se ofrecen”. Al punto se dedujo que en la Luna había montañas, valles, ríos, llanuras y muchas ciudades. A continuación ha sido preciso conocer sus habitantes que, según Jenófanes, pasan su vida lo mismo que nosotros. Según algunos discípulos de Pitágoras, las plantas son allí más bellas, los animales quince veces más grandes y los días quince veces más largos que los nuestros». «Y sin duda», le dije yo, «serán los hombres quince veces más inteligentes que los de nuestro globo. Esta idea divierte mi imaginación. Como quiera que la naturaleza es todavía más rica por las variedades que por el número de las especies, distribuyo a mi arbitrio en los diferentes planetas varios pueblos que tienen uno, dos, tres o cuatro sentidos más que nosotros. En seguida comparo los genios con los que la Grecia ha producido, y os confieso que compadezco a Homero y a Pitágoras». «Demócrito», respondió Euclides, «ha salvado su gloria de este paralelo humillante. Persuadido quizás de la excelencia de nuestra especie, ha resuelto que los hombres son individualmente los mismos en todas partes; y, según dice, existimos a un mismo tiempo y de la misma manera sobre nuestro globo, sobre el de la Luna y en todos los mundos del universo».

«Se conviene generalmente hoy día», continuó Euclides, «en que los astros son de una forma esférica. En cuanto a su magnitud, no hace mucho tiempo que Anaxágoras decía que el sol es mayor que el Peloponeso, y Heráclito que solo tiene un pie de diámetro».