«Aún era yo joven», me dijo, «cuando recibí las nociones de Sócrates, y como la belleza de la doctrina de este gran filósofo exigía ciertos sacrificios de que yo no era capaz, resolví emprender otro camino más cómodo para llegar al término de mis deseos. Siguiendo pues mis propias reflexiones, me acostumbré a juzgar de todos los objetos por las impresiones de alegría o de dolor que causaban en mi alma; a buscar como útiles los que me procuraban sensaciones agradables, y evitar como dañosas las que producían un efecto contrario.

»Tomando por reglas de mi conducta estas dos especies de sensaciones, las refiero todo a mí mismo, y no dependiendo del resto del universo sino por mi interés personal, me constituyo centro y medida de todas las cosas. Como no quiero que me mortifiquen los pesares ni las inquietudes, alejo de mí las ideas de lo pasado y lo futuro, y vivo enteramente entregado a lo presente. Cuando he agotado las delicias de un clima, voy a otro para hacer nueva cosecha. Aunque extranjero en todas las naciones, de ninguna soy enemigo; gozo de sus ventajas y respeto sus leyes. Aun cuando estas no existiesen, el filósofo no debiera turbar el orden público con máximas atrevidas ni con una conducta irregular y reprensible. Pasé a la corte de Dionisio, rey de Siracusa, y este príncipe me preguntó a qué iba a su corte. “Vengo a trocar”, le dije, “vuestros favores por mis conocimientos y mis necesidades por las vuestras”. Aceptó Dionisio el trato y me distinguió de los demás filósofos que le rodeaban».

Sabía Aristipo que le habían desacreditado en la opinión de los atenienses; y dispuesto siempre a satisfacer los cargos que se le hacían, me instaba a que le diese ocasiones para justificarse.

«Os acusan», le dije, «de haber adulado a un tirano, y esto es un crimen horrible». «La corte de Siracusa», me respondió, «estaba llena de filósofos que se erigían en reformadores. Yo tomé en ella el papel de cortesano sin dejar el de hombre de bien: aplaudía las buenas prendas del joven Dionisio, pero no alababa sus defectos ni tampoco los reprendía, porque no tenía autoridad para ello y solamente sabía que era más fácil tolerarlas que corregirlas. Jamás he faltado a la verdad cuando me ha consultado sobre puntos importantes. Cuando no se trataba de su gobierno, hablaba con libertad y aun a veces con indiscreción. Un día le dirigí una pretensión en favor de mis amigos, y, viendo que no me oía, me eché a sus pies y esto se miró como un crimen, a lo cual respondí: “¿Es culpa mía que este hombre tenga los oídos en los pies?”.

»Mientras yo le instaba inútilmente para que me concediese una gratificación, le ocurrió hacer una a Platón, el cual no la aceptó, y entonces dije yo en voz alta: “No hay peligro de que el rey se arruine, pues da a los que rehúsan, y rehúsa a los que piden”.

»Muchas veces nos proponía problemas, e interrumpiéndonos luego se daba prisa en resolverlos él mismo. “Tratemos”, me dijo en una ocasión, “de algunos puntos de filosofía; comenzad”. “Muy bien”, le dije, “así tendréis el placer de acabar y de enseñarme lo que queréis saber”. Picose de esto, y a la comida me hizo poner en el último asiento de la mesa. Al día siguiente me preguntó: “¿Qué os ha parecido aquel sitio?” “Quisisteis, sin duda”, le respondí, “que fuese el más honroso de todos durante algunos momentos”».

«Os echan en cara», dije a Aristipo, «la afición que tenéis a las riquezas, al fasto, a los manjares, a las mujeres, a los perfumes y a toda clase de sensualidades». «Disfruto», me contestó, «de las comodidades de la vida y me es fácil pasar sin ellas. En la corte de Dionisio me han visto vestido de púrpura, en otras partes unas veces con vestido de lana de Mileto, y otras con un manto grosero. Dionisio daba libros a Platón, y a mi dinero, que paraba poco en mis manos, por no mancharlas. Compré una perdiz en cincuenta dracmas (ciento sesenta y siete reales de vellón), y dije a uno que se admiraba de esto: “¿No hubierais dado vos un óbolo (diecinueve maravedís)?”. “Sin duda”. “Pues bien: no estimo yo en más las cincuenta dracmas”.

»Las liberalidades del rey de Siracusa me permitían tener buena mesa, ricos vestidos y gran número de esclavos. Muchos filósofos, rígidos partidarios de la moral severa, murmuraban de mí altamente, pero yo únicamente les respondía con dichos jocosos. Un día Políxeno, que creía tener en su alma el depósito de todas las virtudes, halló en mi casa unas lindas mujeres y los preparativos para un gran banquete; por lo que se entregó sin retentiva a toda la rigidez de su celo. Yo le dejé decir cuanto quiso y luego le invité a quedarse con nosotros. Aceptó y nos convenció en breve de que si no gustaba de gastar, a lo menos le gustaba comer bien, tanto como su corruptor mismo. El nombre de deleite que doy a la satisfacción interior que debe hacernos felices no merece el agrado de aquellos entendimientos superficiales que se sujetan a las palabras más que a las cosas. Algunos filósofos, olvidando que aman la justicia, han favorecido su opinión, y algunos de mis discípulos la justificarán quizás cometiendo algunos excesos; pero ¿cambiará acaso de carácter un excelente principio porque de él se saquen falsas consecuencias? Quizás llegará un día en que se diga que Sócrates y Aristipo algunas veces se apartaron de los usos ordinarios, ya en su conducta y ya en su doctrina, pero también se añadirá, sin duda, que enmendaron estos leves extravíos con los progresos que han hecho en la filosofía».

CAPÍTULO XXXI.

Desavenencias entre Dionisio el joven, rey de Siracusa, y Dion su cuñado. — Viaje de Platón a Sicilia.