Se enseña en Léucade el sepulcro de Artemisia, de aquella famosa reina de Caria que dio tantas pruebas de su valor en la batalla de Salamina. Dominada de una pasión violenta hacia un joven que no correspondía a su amor, le sorprendió dormido y le sacó los ojos. En breve se apoderaron de ella la pena y la desesperación, que la condujeron a Léucade, y allí pereció en las aguas a pesar de los esfuerzos que hicieron por salvarla.
Tal fue también el fin de la desgraciada Safo. Abandonada de Faón su amante, fue a buscar allí un alivio a sus penas y solo encontró la muerte. Estos ejemplares y otros muchos han desacreditado de tal manera el salto de Léucade, que no se ven ya muchos amantes que se obliguen a imitarlos con votos indiscretos.
Continuando nuestro camino vimos a la derecha las islas de Ítaca y de Cefalonia, y a la izquierda las orillas de Acarnania, país separado de la Etolia por el río Aqueloo, y cuyos habitantes son fieles a su palabra, y sumamente celosos de su independencia. Habiendo pasado la embocadura del Aqueloo, costeamos durante un día entero la Etolia. Este país, donde se encuentran campiñas fértiles, está habitado por una nación guerrera dividida en muchas poblaciones, que se reúnen todos los años, por medio de sus diputados, en la ciudad de Termo para elegir los jefes que deben gobernarlos.
Los de Etolia no respetan ni alianzas ni tratados: cuando se declara la guerra entre dos naciones vecinas a su país, las dejan debilitarse, caen luego sobre ellas, y les arrebatan las presas que han hecho, llamando a esto robar al ladrón: son muy dados a la piratería lo mismo que los acarnanios y los locrios-ozolos.
Al cabo de cuatro días de navegación llegamos a Naupacto, ciudad situada al pie de un monte. Vimos en la costa un templo de Poseidón, e inmediato a él una caverna llena de ofrendas, consagrada a Afrodita. Allí encontramos algunas viudas que habían ido a pedir a la diosa nuevo esposo. A la mañana del día siguiente tomamos un barco pequeño que nos condujo a Pagas, puerto de la Megáride, y de allí pasamos a Atenas.
CAPÍTULO XXXV.
Viaje a Mégara, a Corinto, a Sición y a Acaya.
(Año 356 antes de J. C.) Pasamos el invierno en Atenas; después de haber viajado por las provincias septentrionales de la Grecia, nos quedaba por recorrer aún las del Peloponeso, y a la entrada de la primavera nos pusimos en camino.
Atravesamos la ciudad de Eleusis, y entramos en la Megáride, que separa los estados de Atenas y los de Corinto, donde se encuentran algunas ciudades y lugares, cuya capital es Mégara. Hay en esta ciudad una célebre escuela de filosofía, fundada por Euclides, que era uno de los más celosos discípulos de Sócrates. A pesar de la distancia del sitio, no obstante la pena de muerte impuesta por los atenienses contra todo megarense que se atreviera a traspasar sus límites, le vieron más de una vez salir por la tarde disfrazado de mujer y volver al hacerse de día. Examinaban juntos en qué consistía el verdadero bien. Sócrates, que dirigía sus investigaciones hacia este único punto, solo hizo uso de medios sencillos para alcanzarlo, pero Euclides, muy versado en los escritos de Parménides y en la escuela de Elea, recurrió luego al medio de las abstracciones, medio comúnmente peligroso, y muchas veces impenetrable. Sus principios son muy conformes a los de Platón, pues decía que el verdadero bien debe ser uno, siempre el mismo. Era necesario definir sus diferentes propiedades, y bajo este concepto lo que más nos importa vino a ser lo más difícil de comprender. El método adoptado de oponer a una proposición la proposición contraria y de limitarse a disputar sobre ellas mucho tiempo fue lo que más contribuyó a oscurecerlo. Descubriose entonces un instrumento y con él se aumentó la confusión más y más; hablo aquí de las reglas del silogismo, cuyos tiros tan terribles como imprevistos, derriban al adversario que no es bastante diestro para evadirse de ellos. En breve, valiéndose las sutilezas de la metafísica, de las astucias de la lógica, las palabras tomaron el lugar de las cosas, y los discípulos no bebieron en las escuelas más que el espíritu de acrimonia y de contradicción, llegando a ser así más celosos para hacer triunfar el error en vez de la verdad.
Para ir al istmo de Corinto, tomamos un guía que nos llevó por alturas sobre una cornisa abierta en peña, estrechísima y escabrosa, muy elevada del mar por la falda de un monte que levanta su cabeza hasta las nubes. Este es el famoso desfiladero donde se dice que estaba Esciro, aquel que arrojaba los viajeros al mar después de haberlos robado, y a quien Teseo hizo sufrir el mismo género de muerte.