En el asedio de una plaza le rompieron de una pedrada una clavícula, y el cirujano, estándole curando, le pidió una gracia: «No puedo negártela», le dijo Filipo riéndose, «pues me tienes agarrado por el cuello». Su corte es el asilo de los talentos y placeres. La magnificencia brilla en sus fiestas y en su mesa la alegría. Esto es constante, y así es que me importa poco su ambición. Si viene contra nosotros pelearemos, y si somos vencidos, podremos al menos reír y beber en su compañía.

FRAGMENTO DE UNA CARTA DE ANACARSIS A UN AMIGO SUYO EN ATENAS.

Desde 30 de junio de 349 hasta 18 de julio de 348 antes de J. C.

Hemos recorrido muchas provincias del vasto imperio de los persas. En Persépolis hemos quedado absortos al ver el gran palacio de los reyes, donde todo respira la magnificencia y el temor porque sirve al mismo tiempo de ciudadela. Los reyes han hecho edificar otros, menos suntuosos en verdad pero de una hermosura que sorprende, en Susa, en Ecbatana y en las demás ciudades donde pasan las estaciones del año. Tienen además grandes parques que llaman Paraísos, y están divididos en dos partes. En la una salen a caballo, provistos de flechas y venablos, por entre los bosques, a la caza de animales monteses que tienen al intento en aquellos cercados. En la otra, donde han apurado cuanto puede dar de sí el arte de la jardinería, cultivan las más hermosas flores y cogen las frutas más delicadas, sin dejar de esmerarse en criar también allí altos y corpulentos árboles, que comúnmente disponen al tresbolillo. Se encuentran en otros varios parajes estos paraísos, pertenecientes a sátrapas o grandes señores.

En Egipto oímos hablar mucho y con grande elogio de aquel Arsames a quien el rey de Persia llamó a su consejo muchos años había. Durante su ministerio dio actividad a los distintos talentos con su discreta influencia; los militares se felicitaban de la emulación que mantenía entre ellos, y los pueblos de la paz que les había proporcionado, a pesar de obstáculos casi invencibles. En fin, la nación había llegado, en fuerza de sus desvelos, a gozar de la alta consideración que había perdido entre las demás naciones a causa de guerras desgraciadas.

Este excelente ministro, separado ya de los negocios, pasa actualmente sus días con tranquilidad en su paraíso, distante de Susa cerca de cuarenta parasangas (cerca de 39 leguas y cuarto). Sus amigos no han dejado de verle; y aquellas personas cuyo mérito apreciaba no han olvidado todavía sus beneficios y sus promesas; así es que todos vienen a visitarle con tanta complacencia y afán como si aún se hallase en el ministerio.

La casualidad nos ha traído a su retiro encantador, donde hace varios meses que estamos detenidos, cediendo a sus favores y afable trato, y no sé si podremos dejar una compañía que únicamente pudiera reunir Atenas en el tiempo en que reinaban en esta ciudad la política, la decencia y el buen gusto.

En su casa, alrededor de su morada, todo da indicios de la bondad de su carácter generoso, anticipándose a todos los deseos, y satisfaciendo a todas las necesidades. Las tierras antes incultas y abandonadas, están cubiertas de mieses, y ya las pobres gentes de los campos cercanos, habiendo experimentado sus beneficios, le ofrecen un tributo de amor que le es aún más grato que el respeto que le tienen.

Querido Apolodoro, a la historia pertenece poner en su debido lugar a un ministro que siendo depositario de todo el favor, y no teniendo ninguna especie de aduladores asalariados, jamás ambicionó otra cosa que la gloria y la dicha de su nación.

CARTA DE APOLODORO.