Olinto ya no existe. Sus riquezas, sus fuerzas, sus aliados, catorce mil hombres que les habíamos enviado en diferentes veces, nada ha podido salvarla. Filipo, rechazado en todos los asaltos, valido de unos traidores se ha metido por último en esta ciudad desgraciada. Casas, pórticos, templos, todo lo ha destruido el hierro o el fuego, y en breve se preguntará «¿dónde fue Olinto?». Filipo ha puesto en venta a los habitantes, y dado muerte a dos hermanos suyos que habían tomado asilo en aquella ciudad algunos años antes.

La Grecia está consternada temiendo perder su libertad y su poder. ¿Cómo podrá defenderse contra un príncipe que dice y prueba con frecuencia que no hay muralla que no pueda saltar fácilmente un asno cargado de oro? Las demás naciones han aplaudido los decretos fulminantes que hemos expedido contra los que han hecho traición a los olintios; pero es preciso hacer justicia a los vencedores que, indignados de esta perfidia, la han afeado a los culpados. Eutícrates y Lástenes se han quejado de ello a Filipo, quien les ha contestado: «Los soldados macedonios son todavía tan rudos que llaman a cada cosa por su nombre».

CARTA DE NICETAS.

No me esperaba a la verdad la desgracia de los olintios, y si han perecido, es por no haber sofocado en su origen el partido de Filipo. Mandaba su caballería Apolónides, hábil general y excelente ciudadano, y le desterraron de repente porque los partidarios del rey de Macedonia habían logrado hacerle sospechoso. Eutícrates, que ocupó su lugar, y Lástenes que le asociaron, estaban en inteligencia con Filipo y los olintios no lo advirtieron. El suplicio de estos dos traidores atemorizará en adelante a los cobardes que traten de imitarlos, pues han perecido miserablemente, habiendo sido abandonados por Filipo a los ultrajes de sus soldados, que han terminado por despedazarlos.

La toma de Olinto, lejos de hacernos perder las esperanzas, las ha avivado aún más todavía. Nuestros oradores han inflamado los ánimos; las demás naciones empiezan a moverse; toda la Grecia se pondrá en breve sobre las armas; y, en tanto, nosotros hemos acogido públicamente a los habitantes de Olinto que han podido salvarse de las llamas y de la esclavitud.

CARTA OCTAVA DE APOLODORO.

A 25 de mayo del año 347 antes de J. C.

No dudo que seréis partícipe de nuestro grave sentimiento. Una muerte imprevista acaba de arrebatarnos a Platón. Este fatal incidente ha ocurrido el 17 de este mes, día de su nacimiento. No había podido eximirse de asistir a un convite de boda. Yo estaba a su lado, y advertí que únicamente comió algunas aceitunas, según su costumbre. Jamás había estado tan placentero, ni nunca nos había dado su salud más gratas esperanzas. En el momento mismo en que yo le felicitaba por esto, se sintió malo, perdió el conocimiento y cayó en mis brazos. Todo cuanto hicimos en su socorro fue inútil, y le trasladamos a su casa. Vimos encima de su mesa algunos renglones que había escrito pocos momentos antes de salir, y las correcciones que hacía de cuando en cuando a su tratado de la república, lo cual regamos con lágrimas. El sentimiento del público y el llanto de sus amigos le han acompañado hasta el sepulcro. Se le ha enterrado cerca de la Academia, a la edad de ochenta y un años cumplidos.

Su testamento contiene el estado de sus bienes, que se reducen a dos casas de campo, tres minas en dinero efectivo (1005 reales vellón), cuatro esclavos, dos vasos de plata de peso de ciento sesenta y cinco dracmas el uno, y el otro de cuarenta y cinco, un anillo de oro y los pendientes del mismo metal que llevaba en su infancia. Declara que no tiene deuda alguna; lega una de sus casas de campo al hijo de Adimanto, su hermano, y da libertad a Dianes, cuyo celo y cuyos servicios merecían este testimonio de reconocimiento. Además de esto, arregla y dispone todo lo respectivo a sus funerales y sepultura. Espeusipo, su sobrino, es uno de los albaceas y debe sucederle en la Academia.

La pérdida de este gran filósofo me ocasiona otra muy sensible. Aristóteles nos deja con motivo de algunas desazones que os contaré cuando volváis, y se retira a la compañía del eunuco Hermias, a quien el rey de Persia ha confiado el gobierno de Atarneo, ciudad de Misia. Siento en el alma la falta de sus luces, su conversación y su amistad. Me ha prometido volver, pero, ¡ay!, ¡qué diferencia tan notable entre gozar y esperar!