Un rey se propone la gloria de su reino y el bienestar de su pueblo, pero un tirano no tiene otra mira que la de recoger todas las riquezas del estado y hacerlas servir a sus vergonzosos deleites, y como no reina sino por el temor que inspira, su seguridad debe ser el único objeto de su atención.
Una nación es infeliz cuando el príncipe, a ejemplo de los reyes de Siracusa, no permite el progreso de los conocimientos humanos que pueden ilustrar a los súbditos, cuando los rodea de espías que a cada instante los tienen inquietos y amedrentados, cuando introduce con arte y con maña la turbación y la cizaña entre las familias, la discordia en las diferentes clases del estado, y la desconfianza entre los más íntimos amigos, cuando el pueblo está agobiado con obras públicas, abrumado con exorbitantes contribuciones, y se le conduce a guerras suscitadas de intento, cuando el trono está cercado de viles aduladores y de tiranuelos, a quienes no contienen ni la vergüenza ni los remordimientos.
La libertad, dicen los fanáticos partidarios del poder popular, no puede encontrarse sino en la democracia: ella es el principio de este gobierno, da a cada ciudadano la voluntad de obedecer, el poder de mandar, le hace dueño de sí mismo, igual a los demás y útil al estado de que es parte.
Esta forma de gobierno está expuesta a más revoluciones que la aristocracia. Es moderada en aquellos parajes donde por sabios reglamentos la primera clase de ciudadanos no es víctima del rencor y de la envidia de las últimas clases; en todos los parajes, en fin, donde en medio de los movimientos más tumultuosos, las leyes tienen fuerza para hablar y hacerse oír; pero es tiranía por todas partes, donde los pobres influyen como sucede comúnmente en las deliberaciones públicas.
Casi todos nuestros gobiernos, cualquiera que sea su forma, llevan en sí mismos muchas semillas de destrucción. Como la mayor parte de las repúblicas griegas están encerradas en el recinto de una ciudad o de una comarca, una sucesión rápida de acontecimientos imprevistos puede en un instante trastornar o destruir la constitución. Así es que hemos visto abolida la democracia por la pérdida de una batalla en la ciudad de Tebas; en la de Heraclea, de Cumas y de Mégara por la vuelta de los principales ciudadanos que el pueblo había proscrito para enriquecer el tesoro público con sus despojos. En Siracusa se ha visto mudar la forma de gobierno por una intriga amorosa, en la ciudad de Eretria por un insulto hecho a un particular, y en Epidauro por una multa impuesta a otro. ¿Y cuántas sediciones se han visto que no tenían causas más importantes, y comunicándose por grados han venido a parar en guerras sangrientas?
Mientras que estas calamidades afligen a la mayor parte de la Grecia, tres naciones, los cretenses, los lacedemonios y los cartaginenses, gozan en paz, muchos siglos hace, de un gobierno que se diferencia de todos los demás, aunque reúne las ventajas de ellos.
Los cretenses concibieron en tiempos remotos la idea de atemperar el poder de los grandes con el del pueblo; los lacedemonios y los cartaginenses, siguiendo sin duda su ejemplo, la de conciliar la dignidad real con la aristocracia y la democracia.
Según lo que hemos dicho, es fácil descubrir cuál sea el objeto que debe proponerse el magistrado en cada forma de gobierno. En la monarquía, lo honesto es lo bueno, porque el príncipe debe desear la gloria de su reino, y no adquirirla sino por medios honrosos. En la tiranía, es la seguridad del tirano, porque únicamente se mantiene en el trono por el terror que inspira. En la aristocracia, la virtud, pues los jefes solo pueden distinguirse por el amor a la patria. En la oligarquía, las riquezas, atendiendo a que únicamente se escoge entre los ricos los administradores del estado. En la democracia, la libertad de cada ciudadano; pero este principio degenera casi en todas partes en licencia, y solo podría subsistir en el gobierno de que se da una idea sucinta en la segunda parte que sigue.
SEGUNDA PARTE.
Cuál sea la mejor constitución.